viernes, 21 de septiembre de 2012

¿Qué educación para qué ciudadanía?


Hubo un tiempo (no sé si lo recuerdan) en el que las cosas se sometían a debate.  Se hablaba de la introducción de una materia denominada “Educación para la Ciudadanía” y Ana Gaitero me hizo una entrevista sobre la cuestión para publicarla en el Diario de León (6 de Abril de 2008).  Esto es lo que salió de aquello.


  • Francisco Flecha, profesor de Filosofía de la Educación de la Universidad de León, ve la implantación de la Educación para la Ciudadanía, o educación para la «vida y la convivencia», como prefiere llamarla, como una oportunidad inmejorable para dar pasos hacia la soñada aspiración  de conseguir  una escuela comprometida con la práctica de la ciudadanía, entendiendo por tal la participación real y efectiva en la búsqueda de soluciones a las necesidades de las personas en un clima de convivencia solidaria y tolerante.

Flecha actuó como Consultor de la Unesco ante el Gobierno de Mozambique para orientar a los profesionales del Instituto Nacional de Desarrollo de la Educación de aquel país en las posibilidades y metodología para la implantación de  la Educación para la Ciudadanía.

Recientemente ha participado en las jornadas de la FELAMPA (Federación Leonesa de Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos/as) “Sierra-Pambley” para contribuir  al debate sobre esta misma materia.



P. Cuál es el fin último de la Educación para la Ciudadanía o la Convivencia, como prefiere llamarla?

R.  Prefiero llamarla “Educación para la Vida y la Convivencia” porque la denominación de “Educación para la Ciudadanía “se presta más a ser interpretada  (por sus adversarios, por supuesto) como materia para adoctrinar. Me da la impresión de que esta materia, según esta planteada, tiende mucho a aspectos formales (explica la estructura del Estado: cómo funciona la Justicia, el Ayuntamiento...) y eso, que es importante, porque hay que saber cuáles son las reglas del juego, lógicamente, no lo es todo. Lo más importante debería ser que se tratase de una educación que pretendiese la resolución no violenta de los conflictos, a todos los niveles: interpersonal, de convivencia ciudadana e internacional. Se trataría, según mi opinión, de entender que los conflictos no se solucionan con violencia, sino buscando soluciones racionales y no violentas.

P. ¿Puede esto significar  un cambio en el modelo de escuela?

Quienes estamos en este oficio tenemos la obligación de hacer propuestas utópicas, porque para hacer recetas ya están otros. Personalmente, estaría muy interesado en que no se trate de la implantación de una nueva asignatura, sino de un cambio total en la metodología y organización de la propia institución escolar, con una organización coherente con lo se dice en clase, con mayor participación de todos los miembros de la comunidad educativa en la organización interna y un mayor compromiso en el análisis de los problemas y en la propuesta de soluciones que mejoren la convivencia dentro y fuera de la escuela. No consiste sólo en mostrar a los alumnos el juego de la participación. Sino en hacerla real. Comprendo que esto es difícil de realizar, como todas las utopías; pero, como la línea del horizonte, las utopías nos sirven para saber hacia dónde ir.

P. ¿Y quién debería impartir esta asignatura?

Me gustaría distinguir claramente entre la tarea de educar en la ciudadanía o en la convivencia y la adjudicación de una asignatura concreta a un determinado profesor.  La tarea de educar en la convivencia tiene que ser un compromiso explícitamente asumido por todos los miembros de la comunidad (educativa y social). La asignatura, en concreto, deben impartirla personas que crean en ella y estén comprometidas. No es adoctrinamiento, pero tiene que haber una convicción por parte de quien la imparte. El adoctrinamiento no tiene que ver con la firmeza en las propias convicciones, sino con la manera de imponerlas a otros  Toda educación en valores debe partir de un reconocimiento y un compromiso personalmente asumido. Si se obliga, a golpe de Boletín, que sean los profesores de sociales, de Filosofía, etc,  no servirá de nada.

P. ¿Se necesita formación para impartirla? –

R. Sí. No se puede pedir a la gente heroísmos, sobre todo cuando se pretende, como debería ser, que se produzca un cambio metodológico que transfigure totalmente la vida de la escuela. No debería tratarse de una nueva materia, sino de una nueva orientación. No es seguir un manual y mandar ejercicios para el cuaderno.  O no debería serlo.

P.El punto de partida no ha sido muy pacífico...

R. El punto de partida es que vivimos en una sociedad multiétnica, multirracial... que está muy expuesta, mediáticamente, a problemas de absoluta violencia e irracionalidad: palizas grabadas en móviles, pederastia, violencia hacia la mujer, xenofobia...  Ante esta situación, la gente dice que se están perdiendo los valores.  En esto parece existir un cierto acuerdo (aunque si entraramos en detalles tal vez cada uno, o cada grupo, pensaría en valores distintos). Se dice que antes «todos» participaban de los mismos valores, creyeran o no en ellos: En un pueblo del Páramo, por poner un ejemplo, el control social hacía que las conductas de todos los individuos estuvieran más o menos controladas y fueran más o menos esperables. Esas vinculaciones normativas se han perdido y hay que descubrir nuevos valores que marquen la raya. Pero no “rayas” impuestas sino  descubiertas y asumidas como útiles para solucionar problemas que a todos nos afectan.  Pero hablar de nuevos valores es peligroso, porque existe la conciencia de que los valores son impuestos por la autoridad y muchas veces son irracionales. Por eso defiendo que sería más útil partir de las necesidades (que es en lo que estamos todos de acuerdo) que partir de los valores.  Y, si vas a ver, las necesidades básicas son fácilmente compartidas por todos (quiero vivir bien, sano y feliz; quiero que alguien me quiera y tener alguien a quien querer; quiero saber a qué atenerme y quiero, por fin que me dejen elegir mi camino respetando mis circunstancias culturales, raciales, sexuales…) y como esto sólo lo puedo conseguir en compañía e interacción con otros, tendremos que ponermos de acuerdo con los demás para organizar una convivencia tolerante y no violenta.  Como se ve, se trataría de una moral de grado cero en la que cabe cualquier ideología política o religiosa.

P. ¿Es legítima la objeción de conciencia y la oposición a que se implante esta materia?

R. La discrepancia es un buen punto de partida para esta educación. No hay nada más educativo que los conflictos.  El problema no está en los conflictos, sino en la forma de resolverlos. Algo muy diferente es la posición de enfrentamiento irracional. Los que se oponen, según parece, no es que no estén de acuerdo, donde siempre es posible la negociación; es que están en contra, lo que supone ver al otro como adversario. Y ¿quién se opone? Pues precisamente quienes se han pasado toda la historia adoctrinando. El problema es que temen que se les quite el monopolio del adiestramiento.

P. Profesionales por la Ética dice que suprimir del currículo de Castilla y León «feminización de la pobreza» u «homofobia» es desideologizar la asignatura. ¿Qué opina?

R. No sé donde está la ideología en hablar de que en nuestras sociedades las mujeres están en inferioridad de condiciones. La que me parece es ideológica es la otra posición: el predominio casi exclusivo de los hombres en la toma de decisiones, en el reparto de tareas es tan ideológico y está tan interiorizado que no hace falta proclamarlo. El no va más de una ideología es que se interiorice de tal manera que el propio sujeto se constituya en su guardián.

P. ¿Cómo debe impartirse?

R. Soy partidario de de implante como una asignatura independiente, pero no de que sea evaluable. No se trata tanto de alcanzar conocimientos de los que se deba uno examinar, sino de cambio de actitudes y de práctica real de una convivencia más tolerante dentro y fuera del marco escolar.

jueves, 20 de septiembre de 2012

¿Qué dice la Filosofía sobre la suerte?



Francisco Flecha Andrés
Texto para una intervención en la radio

La Filosofía no dice nada.  No tiene nada que decir.

Los filósofos no dan informaciones nuevas.  Ese es el territorio de la ciencia.  Y la Filosofía no es una ciencia.  Es, en todo caso, un saber.  O si me obligan, un intento permanente de saber (o de saberse).

Los filósofos, por tanto, se preguntan por las cosas que realmente les preocupan, que preocupan a sus contemporáneos y que tienen difícil respuesta.

Por eso se recurre al filósofo cuando se trata de cuestiones complejas: la muerte, la suerte, la justicia, la libertad, la existencia de Dios…

Y nos hacen preguntas como esta de hoy: ¿Qué dice la filosofía sobre la suerte?

Y los filósofos entramos a todos estos trapos porque no hay nada que nos guste más que el juego dialéctico de indagar en las preguntas, compartir el pensamiento en una batalla dialogante.

En este caso. Por ejemplo, nos preguntaríamos:

  • ·         ¿Qué queremos decir cuando decimos “suerte”?,

  • ·         ¿Es lo mismo la suerte que el azar?

  • ·         ¿Por qué los hombres han querido siempre controlar los acontecimientos eliminando el azar y provocando la suerte?

  • ·         ¿Cómo lo han intentado?

  • ·         ¿Es posible controlar el azar?

  • ·         ¿Es lo mismo el éxito que la buena suerte?

  • ·         ¿La buena suerte está en lo que se tiene o en lo que se desea?

A todas estas cuestiones la Filosofía no da soluciones, sino  RESPUESTAS  (que seguramente sugieren otras preguntas y otras mil respuestas posibles y derivadas.

Y, por formular alguna respuesta a esta cuestión que se plantea yo comenzaría diciendo que conviene distinguir claramente entre AZAR y SUERTE.

El Azar tiene que ver con aquellos acontecimientos que ocurren caprichosamente: por azar se cayó una maceta desde un balcón cuando yo pasaba.

La suerte[1] hace referencia a aquella situación en la que tales acontecimientos caprichosos contribuyen a mi felicidad o bienestar: tuve la suerte (o la fortuna) de que la maceta no me cayó encima.

En tal sentido, se opone a “la desgracia” (cuando tales acontecimientos se oponen a mi felicidad o bienestar): tuve la desgracia de que la maceta me cayó encima.

O sea: la suerte es una especie de valoración personal de mi propia situación (me siento afortunado o desgraciado).

Y esta valoración se produce desde la convicción de que tal circunstancia me ha sobrevenido como regalada y, además,  tiene menos que ver con lo que se tiene que con lo que se desea (con un poco de suerte mi vida cambiaría y sería distinta y más agradable).

Pero el deseo es el motor último de todas nuestras acciones y va indisolublemente unido a la sensación de una cierta fragilidad (nuestra o del mundo).

Por eso, desde que el hombre es hombre (o quizás gracias a eso el mono pelón se convirtió en un animal mágico-simbólico) ha sentido siempre la necesidad y el deseo de controlar el azar para procurarse la suerte utilizando instrumentos, rituales mágicos y, sobre todo, la palabra (el arma mágica más poderosa, no se olvide.  Con la palabra nuestros dioses crearon el mundo. Con la palabra se conjura a los muertos, al amor, al misterio…).

Pero ¿existe el azar o, simplemente, es que desconocemos alguna de las variables que conforman la ecuación de lo real?

Pero ¿es posible controlar el azar?  Pues, hombre, yo deseo que no porque, ¿Dónde quedaría entonces la espera ilusionada?  Me niego a otro “destete” radical como el sufrido, cuando entonces, aquella Noche de Reyes.  Gracias a la ilusión seguimos vivos y soportamos la frustración.

No hay nada más triste que no creer en nada.

O creer sólo en Dios.  Como aquellas monjitas del cuento que escribí en una ocasión y que repito aquí, con su permiso:


Territorios del Poniente


Encarna Souto Lombiña volvió una tarde lluviosa, al Sol puesto, a la casa paterna en Aguiño, reencontrándose gozosamente con la fraga del Miradoiro da Garita donde, en tardes como ésta, había entrado en contacto, entre hilachas de niebla y helechos, con todos los santos del cielo, con los muertos recientes y antiguos de los pueblos vecinos, con demos y trasgos, con las sombras difusas que la habían protegido de todos los males, con las hierbas que curan tercianas, con la santa compaña.
Sólo así le volvió la alegría perdida aquel día en que, creyendo que todas aquellas voces la llamaban a una vida de gracia, se fue a meter monja en el convento de las encerradas de Tuy.
No resistió allá adentro  ni siquiera dos meses.
Por razones de peso.
-         Eran gente muy triste, Felisa.  Con decirte que sólo creían en Dios, ya te digo.





[1] “Un dichoso o desgraciado azar es el advenimiento de un bien o de un mal; grandes bienes o grandes males, he aquí la prosperidad o la adversidad” Aristóteles, Metafísica, Libro XI, VIII “Del ser accidental”.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Sigmund Freud y la Filosofía


Francisco Flecha Andrés

Texto preparado para la Jornada sobre la repercusión y actualidad del psicoanálisis, organizada por la sede de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis de Castilla y León con motivo del 150 aniversario del nacimiento de Freud .

 

 

A cualquiera que no forme parte de este gremio en el que nos agrupamos los que, inexplicablemente, nos ganamos la vida ejerciendo el oficio más viejo del mundo (me refiero al de la Filosofía, como, sin duda, habrán supuesto) le extrañará que la gente de este oficio caigamos, frecuentemente, en dos grandes tentaciones:

Decimos “Sigmund Freud y la Filosofía” como si algo o alguien nos legitimara para hablar en nombre de Freud o en nombre de la Filosofía. Quizás fuera más justo (o, al menos, más prudente) que lo formulara diciendo “¿Hay alguna razón por la que yo, profesor de Filosofía, crea que debo hablar de Freud como autor fundamental de un programa de Antropología Filosófica?”.

Una segunda tentación que puede extrañar a los profanos es esa tendencia nuestra a considerar como parte del propio patrimonio a cualquiera que haya destacado en alguno de los aspectos de la ciencia o la cultura. Nos da igual que se trate de un físico, un economista, un astrónomo, un médico, un matemático, un soñador de utopías, un libertador o cualquier otro que hable (o así queramos entenderlo) del hombre, del mundo, del todo o de la nada.

Puede que tal tentación esté motivada por el convencimiento (más o menos abiertamente formulado) de que la Filosofía no es un saber sustantivo, sino adjetivo, que necesita y se alimenta de los saberes que otros elaboran con la intención de encontrar su sentido y fundamento.

O al de que la Filosofía se reduce, en última instancia, al intento de afrontar con rigor (y cargados de sospechas) las clásicas preguntas kantianas (¿Qué puedo conocer?, ¿Qué debo hacer?, ¿Qué me cabe esperar?, ¿Qué es, en definitiva, el hombre?). Entonces hay pocas cosas que le resulten ajenas.
En algún sitio he leído que Freud cambió su primitiva inclinación hacia el Derecho por el estudio de la Medicina para intentar responder científicamente a alguna de estas grandes y eternas cuestiones. Dice su más clásico biógrafo, el Dr. Jones:

“No sentía una atracción directa hacia la medicina propiamente dicha. No ocultó, años más tarde, el hecho de que no se sentía a gusto en la profesión médica y que no tenía la impresión de ser un miembro regular de la misma. Puedo recordar como afirmaba, suspirando, en una época tan lejana como 1910, que le agradaría poder retirarse de la práctica médica, para dedicarse a la tarea de descifrar los problemas de la cultura y la historia, en última instancia, el gran problema de cómo el hombre ha llegado a ser lo que es”[1].
De todos modos, queda en pie la pregunta que, según dije, tal vez debería plantearme: “¿Hay alguna razón por la que yo, profesor de Filosofía, crea que debo hablar de Freud como autor fundamental en un programa de Antropología Filosófica?”
.
Pues bien, si hiciera caso de las sugerencias de Antonio Caparrós con las que abre su ensayo “El pensamiento antropológico de S. Freud”, tal vez debería renunciar:

“Buena parte de los celosos guardianes de la ortodoxia freudiana reaccionarían ante nuestro título si no con indignación y recelo, si al menos con despectiva indiferencia. No se negarían a reconocer que Freud articuló su discurso en distintos niveles, pero estos no rebasarían los estrictamente metodológicos, terapéuticos o científicos. El legado de Freud se reduciría a unos métodos terapéuticos y de investigación psicológica, a una teoría de las neurosis y de los trastornos psíquicos y, como máximo, a una teoría científica psicológica general. Pero es aquí donde se encuentra el Rubicón de la ortodoxia freudiana; es el salto del freudismo como ciencia psicológica empírica al freudismo como antropología lo que les da vértigo. A lo que se resisten es a explicitar la concepción del hombre que se deriva de los escritos de Freud”[2]
Pero si él no tuvo en cuenta estas consideraciones ¿por qué habría de tenerlas yo?.

Para mí tengo (y así lo digo a quien quiera dejar que se lo diga) que esta época que nos ha tocado vivir, llámese como se llame, esa cosa oscura y resbaladiza que hemos dado en llamar la realidad personal y social se entiende mucho mejor (o solamente se entiende) desde la forma en que nos enseñaron a mirar y a mirarnos dos judíos que, mira tú por donde, coinciden en más de una cosa y a quien no me importa reconocer como mis propios abuelos (el materno, Sigmund Freud y el paterno Carlos Marx).

De ellos hemos aprendido, por igual, que la metáfora más apropiada para entender qué es el hombre o la realidad, no es la de un bloque de mármol presente a nuestros ojos que la razón, con sus normas y cánones laicos, absolutos y neutrales ha ido tallando a la vista de todo aquel que se le acerque.

Que la metáfora más ajustada sería la del Iceberg: El hombre y la realidad (cualquier cosa que ambos sean) sólo se entienden desde la idea de que se trata de un conglomerado que se mantiene en situación constante y frágil de equilibrio y de tensión entre fuerzas opuestas, en un medio fluido y cambiante y que, puestos así, es más grande y más importante la parte sumergida que la que flota, que sólo ella es capaz de explicar lo que se ve, que la parte flotante no está tallada por las normas y cánones de una razón laica, absoluta y neutral, sino que solamente es el resultado visible de la negociación dialéctica entre esa trastienda sumergida y ese medio fluido que la arrastra, la constriñe y la sostiene.

Los dos judíos coinciden en poner como piedras angulares de toda esta maquinaria dinámica, no las grandes divinidades del pasado o de la Modernidad (La Razón, la Libertad, el Espíritu, la Historia el Amor o la Verdad) sino algo tan sospechoso y “embarrado” como la sexualidad o el trabajo.
Los dos judíos, maestros y padres de la sospecha, que consiguieron introducir en la cultura de Occidente un pensamiento divergente gracias a haber tenido la valentía de romper con la ortodoxia, se han visto (¿secuestrados?) por una férrea escolástica de sucesores, discípulos e intérpretes dispuestos a acuchillarse mutuamente por mantener una ortodoxia que, seguramente, es lo más opuesto a los orígenes.

Pero, al final, en algún momento del proceso, porque se vea la proximidad y complemento de ambas interpretaciones, ha ido surgiendo eso que, a veces, se llama Freudomarxismo.

Y quien esto está diciendo, admirador de cuanto dijeron los abuelos, pero habiendo asesinado al padre sin grave interiorización de la culpa, según creo, descreído de cualquier ortodoxia y de sí mismo, se ha visto alentado muchas veces por ideas tales como que:

  •  La represión no es solamente una cuestión psicológica individual, sino una herramienta en manos del poder.
  •  Que la represión, como herramienta de dominio, es frágil e inestable Mucho más eficaz, para ello, parece “el retardo indefinido del placer”.
  • Que el Neocapitalismo, amparándose en el espejismo de la libertad y la igualdad de oportunidades, nos está empujando a la “interiorización de la culpa y del fracaso” (de la conciencia de la explotación a la conciencia neurótica).
  • Que la sexualidad no está reprimida, sino orientada a la reproducción, como herramienta del dominio patriarcal. Lo que está reprimido es el sentido orgiástico de la vida.
  • Que en la sociedad del capitalismo tardío no es que hayan desaparecido las situaciones de explotación, alienación o represión, sino la fuerza del discurso con que se denunciaban. Mas que “la lucha de clases”, el momento de “la lucha del discurso”.
Ya sé. Tal vez esto sólo sean etiquetas. 

 Quizás no haya entendido nada. 

Tampoco me preocupa. 

 Sólo sé que estos dos judíos me han ayudado y me siguen ayudando para entender el mundo en el que vivo y para reconciliarme conmigo mismo, consciente de que, gracias a mis contradicciones, sobrevivo.

 Contradicciones que voy negociando entre la ley y el deseo, entre los intereses personales y los intereses generales, entre lo que digo creer y lo que resulta de mis actos.

Y así vamos tirando. Que no es poco.



(1) JONES, E, Vida y obra de Sigmund Freud, Barcelona, Anagrama, 1981, tomo 1, pgs. 51-52
(2) CAPARRÓS, A. “El pensamiento antropológico de S. Freud”, en SAHAGÚN LUCAS, J. (Dir.) Antropologías del Siglo XX, Salamanca, Sígueme, 1976, pg.38

martes, 18 de septiembre de 2012

Influencia de la Revolución Francesa en los Ilustrados españoles

Francisco Flecha Andrés

Posiblemente sean muy pocas las épocas de la Historia de España que hayan tenido un tratamiento más ideológicamente apasionado que nuestro siglo XVIII (y, que conste, que no me parece más ideológico el furibundo ataque de Menendez Pelayo a los personajes de la Ilustración que la reciente glorificación de Carlos III auspiciada desde el poder).

Esta carga ideológica ha contribuido a que, durante mucho tiempo, se tuviese la impresión de que es esta la época en que se perfilan dos posiciones encontradas, irreconciliables:

  • la de los pensadores conservadores, supuestos representantes de la tradición, de la esencia de lo español, de la moral y la ortodoxia;
  • la de los ilustrados, como representantes de lo antiespañol, heterodoxo, amoral y libertino, que se constituyen, según esta visión, en corifeos de la Revolución triunfante.
Y esta interpretación, que está muy lejos de juzgar en sus justos términos las características y aportaciones de unos y otros ha divulgado, igualmente, la falsa idea de que las ideas con las que simpatizan salieron derrotadas de la contienda y han sido injustamente olvidadas.

Es significativo, al respecto, el texto de Menendez Pelayo, en la Historia de los Heterodoxos españoles, cuando dice:
"La resistencia española contra el enciclopedismo y la filosofía del siglo XVIII debe escribirse largamente, y algún día se escribirá, porque merece libro aparte, que puede ser de grande enseñanza y no menor consuelo.  La Revolución triunfante ha divinizado a sus ídolos y enaltecido a cuantos le prepararon fácil camino;  sus nombres, los de Aranda, Floridablanca, Campomanes, Roda, Cabarrús, Quintana... viven en la memoria y en lenguas de todos;  no importa su mérito absoluto, basta que sirviesen a la Revolución, cada cual en su esfera; todo lo demás del siglo XVIII ha quedado en la sombra.  Los vencidos no pueden esperar perdón ni miseridordia. Vae victis".
Aunque esta larga historia ha sido ya escrita, al menos en sus líneas maestras, y sin querer reescribirla aquí en el limitado espacio de esta breve intervención, creo que sería útil trazar los presupuestos fundamentales de tales posiciones y resaltar cual fue el efecto que sobre ellas tuvo el sobrecogedor acontecimiento de la Revolución Francesa.

PRESUPUESTOS FUNDAMENTALES DE LA ILUSTRACION ESPAÑOLA.

Aunque sea muy difícil delimitar en unos breves rasgos las características de un movimiento tan amplio y dilatado en el espacio y el tiempo, podría decirse que nuestros ilustrados tienen como características comunes:

  • Ser un grupo más o menos homogéneo de personas próximas, en su mayoría, a los órganos de poder del Antiguo Régimen (miembros de la nobleza, la magistratura el clero y una mínima parte de lo que podría llamarse la burguesía)
  •  que desde la conciencia más o menos desgarrada de la decadencia española (en un patriotismo que, por primera vez, asume la crítica como servicio) unido al convencimiento de que tal situación es fácilmente superable.
  • Se empeña en la modernización de España.
  • Sin desmontar la estructura política o económica del Viejo régimen.
  • En una cruzada, casi profética, dirigida por el poder para remover los obstáculos (la ignorancia, la superstición, el dogmatismo) y afrontar las medidas oportunas ("Buenas leyes, buenos fondos, buenas letras", según su propio lema)
  •  que llevaran, inexorablemente (en menos de una generación), a la consecución de la felicidad individual y de la prosperidad pública..
Cuando los ilustrados quieren analizar las causas de nuestro retraso cultural con respecto a otros paises consideran que ha sido consecuencia

  • de un notable aislamiento con respecto a otros pueblos,
  • de un desproporcionado interés por los saberes especulativos y desprecio de las ciencias útiles y experimentales,
  • de un método de estudio aberrante, dominado por el espíritu de sistema, las rencillas de escuelas y el yugo de la filosofía escolástica, enredada por las sutilezas de una lógica bárbara y las disquisiciones de una metafísica estrepitosa y vacía
Por ello, proponen como medidas más urgentes:

  • La apertura a Europa, a través del conocimiento de las lenguas vivas y la lectura de sus obras  (Jovellanos recomienda el francés porque "a pesar de que en los ingleses puede encontrarse más rica y sólida doctrina", los franceses están más próximos a nuestros intereses y problemas.
  • La difusión y desarrollo de los saberes útiles y las ciencias experimentales
  • El destierro del espíritu de sistema y de las fidelidades de escuela en favor
      • del método experimental para las Ciencias de la Naturaleza
      • y el método histórico y el estudio de las fuentes para las ciencias "de autoridad (Filosofía, Teología, Derecho, etc.).
PRESUPUESTOS FUNDAMENTALES DEL PENSAMIENTO CONSERVADOR.

Según la Historia del tradicionalismo español de Ferrer, Tejada y Acedo  en el siglo XVIII la tradición española sufre un brusco corte y repentinamente nuestra patria entera se extranjeriza: : "el sello de lo extranjero lo tendrán en el siglo XVIII nuestros gobernantes, incluso el más español de todos, el marqués de la Ensenada";  a esta invasión de personalidades extranjeras sigue, inevitablemente, otra de ideas, que no pueden menos de ser perniciosas, puesto que nacieron allende el Pirineo.

Estas ideas se canalizan, según tal interpretación, a través de tres fuerzas secretas, sectas tenebrosas: el jansenismo, la filosofía y la masonería que "son los impíos agentes de la gran revolución que destruirán la santa monarquía absoluta y la sustituirán por la siniestra democracia liberal".

Parece partirse de la negación de la pretendida decadencia española y, frente a ello, se cantan una y mil veces nuestras gestas pasadas y nuestras grandes contribuciones a los múltiples campos del del saber.

Desde esta convicción primera y apasionadamente defendida se considera una imperdonable traición cualquier crítica a nuestro pasado cultural orquestada, sin duda, por los enemigos de España y por las sectas impías cuyo corifeo indudable es Voltaire que ven en nuestros valores tradicionales una acusación t,acita a sus licenciosas propuestas contra Dios, la Iglesia, la moral y la monarquía.

REPERCUSIONES DE LA REVOLUCION FRANCESA
Actitud del Poder
 La Revolución Francesa coincidió con la muesrte de Carlos III (14 de diciembre de 1788) y la sucesión de su hijo Carlos IV.

Cuando Luis XVI convoca los Estados Generales surge una notable inquietud, no sólo en Francia, sino en España.  El embajador español en Versalles da cuenta puntual de los acontecimientos a Floridablanca.

 Estas primeras noticias no podían menos que alarmar a una España que padecía problemas semejantes (escasez de granos y motines en Barcelona por el alza repentina del precio del pan).

Con todo ello, no es de extrañar que Floridablanca, a pesar de su fe en el progreso proclamado por los ilustrados escribiese al consul Fernán Nuñez:
"Se dice que este siglo ilustrado ha enseñado a los hombres sus derechos.  Pero también les ha robado, además de su felicidad verdadera, tranquilidad y la seguridad de su persona y familia.  Aquí no queremos ni tanta luz ni sus consecuencias: actos insolentes, palabras y escritos en contra de la autoridad legítima".

Así pues, como primeras medidas decidió suprimir las noticias procedentes de Francia (la Gazeta de Madrid no mencionó la convocatoria y reunión de los Estados Generales.  En los primeros días de Julio el único reflejo de la realidad francesa en la Gazeta fue la del entierro del Delfín (3 de Julio) y el viaje de la Corte a Marly y su regreso.  En los días de la Revolución sólo se recoge una reunión del Consejo de Guerra y la imposición del capelo cardenalicio a un obispo)

Este silencio continuó durante tres años.  Mientras tanto, entre nosotros se celebraba con gran fasto y toros la coronación de Carlos IV.  Pero al igual que los libros franceses, las noticias llegaban a través de la prensa extranjera.  Por ello le pareció preciso a Floridablanca dar órdenes a los oficiales de Aduanas y a la Inquisición para que retuviesen cualquier información que llegara de Francia.  Los informes subsiguientes dieron noticia de la gran difusión que ya había alcanzado la propaganda revolucionaria.  Y tal difusión continuó en los años siguientes, a pesar del recrudecimiento casi obsesivo de las medidas, según puede seguirse en el ya clásico estudio de Herr y que se fueron concretando en:

  • El control sobre extranjeros (20 de Julio de 1791)
  • La supresión de periódicos no oficiales (24 de Febrero de 1791).
  • El aumento de los poderes de la Inquisición.
  • El radical cambio de postura ante la política ilustrada con la prisión de Cabarrús, la destitución de Campomanes y el destierro encubierto de Jovellanos.
Actitud del movimiento tradicionalista.

 La revolución supuso para el movimiento conservador la confirmación de sus afirmaciones sobre la intención maligna, corruptora y sectaria del pensamiento ilustrado y de las atroces consecuencias que se derivaban naturalmente de ellas.

Posiblemente la formulación más estructurada de esta posición sea la obra de Hervás y Panduro  Causas de la Revolución de Francia en el año 1789 y medios de que se han valido para ejecutarla los enemigos de la religión y del Estado.

 En esta obra se defiende:


  •       Que los fines de la Revolución Francesa son la destrucción del Cristianismo y, como consecuencia, de toda autoridad política.  Al preguntarse que a qué se debe tal odio contesta diciendo que al buscar desenfrenadamente la libertad natural, el hombre se propone aniquilar los obstáculos que la impiden y el principal es la religión, freno a los deseos bestiales y anárquicos del hombre.  Pero la supresión de la autoridad religiosa destruye toda monarquía y produce todos los desatres que naturalmente le siguen.

  •      Que esta búsqueda desenfrenada de la libertad es el fruto abominable de las sectas.
  •        Que en el azote de la revolución puede verse la mano de la providencia (que enfrentó la conducta bárbara de las masas con el ejemplo heroico de la monarquía.
  •        Que si las sectas atentan con destruir la sociedad europea, la destrucción y exterminio de estas sectas se convierte en la principal responsabilidad y tarea.
Actitud de los ilustrados.
 Con mucha frecuencia se ha hecho referencia al doloroso quiebro en la conciencia de nuestros ilustrados que supuso el fenómeno de la Revolución Francesa.  Tal afirmación, como tantas otras, debe ser suficientemente matizada.

En un primer momento, nuestros ilustrados consideraron que tales acontecimientos eran una demostración palpable de la necesidad urgente de emprender reformas.  Sin embargo,, a medida que avanzan los acontecimientos y, sobre todo, tras la época del Terror, cambian totalmente los planteamientos y aparece una mayor disparidad dentro del movimiento.  Podríamos concretar tal evolución en la figura paradigmática de Jovellanos, resumiéndola en los aspectos siguientes:

  1.            Rechaza cualquier intento de cerrar las fronteras con la afirmaciòn de que "no porque ellos hayan sido frenéticos hemos de ser nosortros ignorantes".
  2.       Sin embargo, es mucho más cauto en la defensa de la libre circulación de ideas, que había sido una de sus grandes obsesiones.
  3.         Se produce una mayor insistencia en que el progreso no puede identificarse con la pura prosperidad económica, sino que tiene un fuerte componente de educación moral.
  4.         Se insiste en que cualquier sistema político puede ser susceptible de toda perfección y, por tanto, se opone a cualquier ruptura brusca y, sobre todo, violenta.
  5.       Insiste en la necesidad de dotar a España de una Constitución acorde con sus necesidades propias y su situación concreta.
  6.         Aparece cada vez con más fuerza en sus escritos, hasta límites desacostumbradamente obsesivos, la referencia a las "sectas tenebrosas e impías que se alzan contra el cielo como titanes y amenazan con corromper a la especie humana"
CONCLUSION

Como conclusión general, me gustaría decir:

  • que no parece verse la superioridad intelectual de los pensadores conservadores, como pretendía Menéndez Pelayo.
  • que no puede decirse que nuestros ilustrados sirviesen a la Revolución y le preparasen fácil camino.
  • que no parece justo atribuirles los calificativos de antipatriotas, sectarios o impíos.
  • La Revolución Francesa, como triunfo de los ideales de la burguesía, tiene poco que ver con nuestro movimiento ilustrado, cuya extracción social, intereses y objetivos estaban más distantes de los ideales económicos y políticos de la burguesía que de los de Antiguo Régimen

Texto preparado para las Jornadas  celebradas en León con motivo del 200 aniversario de la Revolución Francesa