jueves, 16 de febrero de 2017

Ética Mínima para Tiempos de Desencanto

Ética Mínima para tiempos de desencanto

Francisco Flecha Andrés



Pues yo, señores, aquí donde me ven,  me dedico a la cosa de la Filosofía.  Oficio raro donde los haya (y ya, de paso y a lo que parece, en peligro inminente de extinción) Y digo raro, porque da un cierto pudor reconocerlo.
Que el que se dedica a la práctica de la carpinteria no tiene inconveniente en declarar: “soy carpintero”.
Pero los que nos dedicamos a esto no solemos reconocernos como filósofos (ya, desde el principio, los inventores del gremio no dijeron de sí que eran sabios, sino, simplemente, aficionados, “amantes de la sabiduría”.
A lo más que nos atrevemos es a reconocernos como “profesores de filosofía”.  Cosa que también resulta un poco engañosa: no sabría decir si enseñamos a filosofar o, simplemente, exponemos, resumiendo lo que parece que otros filosofaron.
Por eso resulta tan dificil hablar en nombre de la Filosofía, o desde el punto de vista de la Filosofía.  Nos preguntan, con frecuencia “¿Qué dice la filosofía sobre esto o aquello?.  Y nos sentimos tentados a contestar: “No existe “la Filosofía”. Existen los filósofos.  Y cada uno es hijo de su padre y de su madre”.
Aunque también sea cierto que, a pesar de proclamarse tan independientes, mantienen una cierta lealtad y diálogo con sus propias tradiciones y escuelas.
Simplificando al máximo, me atrevería a decir que hay dos tipos de filósofos:
·         Los que, desde algún territorio conquistado, desde algún tipo de “arje” inconmovible comunican conclusiones, elaboran un tejido exquisito, omnicomprensivo, ejercen su magisterio desde catedrales rematadas, más o menos luminosas.         
·         Los que van por este mundo, con la mirada escrutadora del niño, del  viajero recién llegado a un territorio a descubrir, compartiendo inquietudes, haciendo preguntas, huyendo de seguridades y conclusiones apresuradas, falsas, interesadas, en diálogo con otros igualmente inquietos, desorientados, empeñados en la tarea cotidiana de construir una casa común que pueda dar cobijo a los que estamos en camino.
Los dos tipos han coexistido a lo largo de la historia.
·         Hubo tiempos en que las aguas fluían mansamente y la sociedad estaba “vertebrada” en torno a ejes de valores ideológicos o religiosos compartidos más o menos libremente por una inmensa mayoría, silenciadora de las minorías disidentes.
o    Y entonces, los maestros (religiosos y filosóficos) impartían sus enseñanzas en un lenguaje y desde unos principios mayoritariamente compartidos.
o    Poca distancia existía entre las propuestas de las morales religiosas y las éticas filosóficas (y entre las propuestas, de unos y otros, sobre el modo de entender el hombre, la sociedad, la familia, la economía, la política o la educación).
  
·         Pero ha habido otros tiempos en los que los sueños que vertebraban y sostenían el complejo y fragil edificio social, religioso y político se venían abajo y arrastraban en su caída el andamiaje de normas, creencias y valores.
o    Y entonces, los maestros (religiosos y filosóficos) se replegaban en sus propias reflexiones, caminando por el mundo como quien atraviesa un campo minado, intentando descubrir las causas del colapso, sospechando, buscando puntos firmes, elementales, no dudosos, sobre los que poder recomponer los fundamentos de una convivencia no explosiva.
Hoy, seguramente, coexisten, como siempre, los dos tipos.  Pero, tal vez abunden más los de este último.  O, al menos, así lo siento y vivo.
Pues bien ¿qué le ha pasado, cómo lo ha vivido, qué propone o qué anda buscando este filósofo errante que pueda hacer posible una convivencia pacífica, armoniosa, justa, libre y tolerante?
Como no conozco a ninguno de este tipo, mejor será imaginarlo a través del siguiente cuentecillo que propongo, titulado:

HISTORIA Y AVATARES DE UN FILÓSOFO ERRANTE EN BUSCA DE UNA ÉTICA MÍNIMA PARA TIEMPOS DE DESENCANTO


El viejo filósofo errante fue, alguna vez, joven, creyente y confiado. 

Y creía que el bien y el mal eran verdades absolutas escritas en alguna parte de los cielos.  Que había un Dios garante y juzgador que mostraba el camino a los humildes, creyentes, confiados.

Pero, en medio de tal tranquilidad, se oyó la voz de alguien anunciando:    ¡¡ DIOS HA MUERTO!!

Hubiera sido un anuncio terrible si no hubiera parecido el recurso literario de un loco extravagante.

Pero aquello sembró una duda corrosiva:  “Si Dios no existiera cualquier guarrería está justificada”.
“Si Dios no existe, todo está permitido”, parece que dijo Dostoiewski.

Pero el filósofo errante se negaba a aceptar verse sometido a semejante degradación:
“Aunque Dios haya muerto, yo estoy vivo y no veo ninguna razón para convertirme en un ser asqueroso. La exigencia y decisión de actuar correctamente me pertenece en exclusiva, no es cosa de los dioses”.

Tal convencimiento no fue una conquista personal y exclusiva del filósofo errante (que aún era joven, creyente y confiado).

Algo le ayudaron, y así lo reconoce, aquellos teólogos radicales que decían que Dios no era una respuesta a los problemas, sino una pregunta.  Dios nos interroga sobre nuestra actuación en la “Ciudad Secular”.

La construcción de la Ciudad Secular es tarea de todos, creyentes y no creyentes.

Fue aquello un cambio radical en la perspectiva del filósofo errante: No hay, no puede haber diferencia en las exigencias de actuación entre una moral religiosa y una ética laica.

“Un buen cristiano es un buen ateniense” recordó que alguien dijo alguna vez. Las diferencias no están en la acción, sino en la motivación.

Llegado a este punto, rescatada por el hombre la exigencia y responsabilidad de actuar correctamente, el filósofo errante se acogió a los principios de aquella moral kantiana que parecía iluminar toda la actividad humana con la luz de una razón universal, laica, neutral y desinteresada, azote de cualquier atisbo de superstición, ignorancia, dogmatismo o dominación irracional:

“Actúa de modo que puedas desear que tu conducta se convierta en ley universal”

Buena base.  Simple, objetiva y suficiente.  Una moral que no habla de “cosas concretas”, sino de “formas universales” que la razón legitima.

Y, en esta convicción, el filósofo errante soñó el sueño ilustrado de la Modernidad.  Un sueño laico de progreso, paz perpetua y libertad, de ciudadanos racionales, críticos y autónomos.

Pero vinieron los “maestros de la sospecha” (Marx, Freud y Nietzsche) y seductoramente afirmaron que bajo la capa, pretendidamente neutral, de la Razón se enmascaraba una falsa conciencia, que lo que llamamos “racionalidad” no hace otra cosa que enmascarar intereses económicos, la represión del inconsciente, o una moralidad del resentimiento para débiles ovejas de un rebaño adormilado.

Y la sospecha prendió en el filósofo errante (que, por entonces, ya no era tan joven, tan creyente y confiado) y se convirtió en crisis verdadera al percatarse de que la promesa de progreso indefinido, de armonía, de racionalidad había naufragado totalmente en un mundo de lucha de intereses, de exclusión, de violencia, de tiranías dominantes…

¿Cómo es posible (se preguntaba alucinado) que después de la esperanza excepcional creada por la Ilustración, que nos había permitido construir y confiar en el gran relato de la Razón humana como la forma suprema de emancipación, de fundamentación, por fin, de una moralidad laica y ciudadana,…cómo es posible que hayamosllegado a formas tan extremas de barbarie como el horror que sacudió Europa en los años 40, por ejemplo?

¿Cómo es posible confiar en la razón, después de Auschwitz?

Lo intentaron explicar Adorno y Horkheimer:  La diosa Razón tenía los pies de barro. La sociedad burguesa, en defensa de sus propios y exclusivos intereses había secuestrado la razón, instrumentalizándola como forma de dominio.  El holocausto no fue un acto irracional: no se puede exterminar a 6 millones de personas sin un esquema racionalizador que convierta al asesino en ejemplar funcionario de un orden superior.

El sueño de la razón produce monstruos… 

y su instrumentalización, más todavía.

Pero el filósofo errante, a pesar del desencanto, se negaba a sucumbir: Aunque Dios haya muerto, y la razón, aún sigo vivo y quedan batallas por pelear.  Me queda la dignidad. Y la reclamo.  Que no reclamo mis derechos.  Reclamo los derechos de todos los humanos.

Los derechos que me asisten como humano.  Que están por encima de los derechos e intereses de una clase, de una raza o de cualquier ideología y que deberán ser la base y fundamento de cualquier ordenamiento positivo y en cuya comparación cualquier poder será juzgado.

Y, sobre las ruinas de la historia, un 10 de diciembre de 1948, 48 Estado soberanos aprobaron en París la “Declaración Universal de los Derechos Humanos:

Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana;
Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias;
Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión;Considerando también esencial promover el desarrollo de relaciones amistosas entre las naciones;
Considerando que los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres, y se han declarado resueltos a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad;
Considerando que los Estados Miembros se han comprometido a asegurar, en cooperación con la Organización de las Naciones Unidas, el respeto universal y efectivo a los derechos y libertades fundamentales del hombre, y
Considerando que una concepción común de estos derechos y libertades es de la mayor importancia para el pleno cumplimiento de dicho compromiso;
LA ASAMBLEA GENERAL proclama la presente DECLARACIÓN UNIVERSAL DE DERECHOS HUMANOS como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren, por medidas progresivas de carácter nacional e internacional, su reconocimiento y aplicación universales y efectivos, tanto entre los pueblos de los Estados Miembros como entre los de los territorios colocados bajo su jurisdicción.


Al filósofo errante le emocionaba (y, por lo que sé, le sigue emocionando) está declaración tan cabal y tan retórica. Y piensa para sí, “esto sí.  Por fin, hemos llegado”.

Mas, con el tiempo, ve que, en muchos casos, en esto se ha quedado: en una declaración cabal y refinada contradicha por la práctica y la política cotidiana.
Y vuelve a la trinchera de la duda:

¿Y si tales derechos no son tan “naturales”?
¿Y si no existiera eso que hemos dado en llamar “el hombre”?

A lo primero, recuerda lo que dice Mosterín sobre el carácter convencional de todos los derechos:
·          Los filósofos griegos establecieron una notable distinción:
  •      Propiedades naturales (Phýsei)
  •      Propiedades convencionales (nómoi)
·         Las propiedades naturales se tienen con independencia de nuestros acuerdos o convenciones.

·         Las convencionales se tienen o no, según lo acordemos o convengamos:
  •    Una “vaca sagrada” es vaca por naturaleza y sagrada por convención.              
·         Los derechos y las obligaciones tienen un carácter convencional y no natural.

  • Solo se plantean en el seno de una sociedad (o conjunto de sociedades que así lo acuerdan)
  • Con un determinado ordenamiento jurídico.
·         Los derechos de los hombres, de las mujeres, de los niños, de los negros, de los nobles, de los trabajadores, de los homosexuales, etc.
  •  Dependen de la legislación vigente, del lugar y el momento en el que se plantee la pregunta y de las presiones que la sociedad vaya ejerciendo
  •  Una de ellas es la presión moral por la que exigimos que las leyes se adecuen a los cambios de la sensibilidad moral.

Por eso, por muy “universalmente” que se declaren, mientras una sociedad no lo lo haya visto como una exigencia moral, siempre serán considerados como una imposición externa, como una orden más de quien tiene el poder e intenta imponerse contra los propios deseos o inclinaciones.

Y sospecha que los Derechos Humanos son, en todo caso, un punto de llegada, no un punto de partida desde el que pueda construirse un consenso primero

Ya, ya, pero si la vaca es vaca por naturaleza y, por ello tiene unas propiedades naturales ¿Por qué no hablar del “hombre” y sus propiedades naturales?

Pues sí, pero y ¿si nos hemos equivocado de perspectiva, obsesionados por la pregunta por “el hombre” como si fuera una esencia única, una “forma platónica” existente en ese mundo ideal y peligrosamente concretado en alguien sospechosamente parecido a nosotros mismos (varón, blanco, occidental, heterosexual, cristiano, de derechas)?

¿Y si nos arriesgáramos a pensar que “el hombre” nunca existe en singular, sino que nuestro mundo está habitado por individuos plurales y que, por consiguiente, la pluralidad humana debe ser el inicio y fundamento de cualquier reflexión?

¿Y si nos hemos equivocado al aferrarnos a esas supuestas “propiedades naturales” que todos tenemos en común (la razón, la libertad, la inteligencia…) y que constituirían la base fundamental de nuestra supervivencia, superioridad y hegemonía con respecto al resto de los seres del planeta?

El viejo filósofo errante se queda un momento pensativo, ensimismado y continúa, como hablando para sí:

Creemos haber sobrevivido por cosas que tenemos individualmente (y, desde esta perspectiva, hemos creado leyes y normas para imponernos, para defender nuestras cosas frente a otros, usurpadores, adversarios, rivales).

Y no es así.  Dejados a nuestras capacidades individuales hubiéramos desaparecido hace millones de años como especie.

Y el filósofo cree ver, de nuevo, una luz y un camino por explorar:

¿Y si partimos de lo que no tenemos, de nuestra absoluta indigencia natural?

Probemos a pensar en el hombre como un ser de necesidades.  Necesidades que sobrepasan su capacidad individual de solución y que necesitan, inexcusablemente el concurso de otros igualmente necesitados, que no son mis rivales, ni mis enemigos, ni mis herramientas, ni mis mercancías sino la otra mitad imprescindible de mí mismo, que soy (y me reconozco) “un ser con otros” con necesidades apremiantes y comunes y mutuamente dependientes. Necesidades comunes y soluciones necesariamente compartidas

Ya, pero aprendimos con Maslow que las necesidades son una cosa compleja, que están escalonadas en una cierta jerarquía y que si las básicas no están satisfechas es imposible pensar en otras más secundarias (si tengo hambre me interesa muy poco tener más o menos prestigio)

Bueno, dice, pero ya que hablamos de una ética mínima para la convivencia de gente llamada a convivir en sociedades multiculturales, multiétnicas, con diferentes opciones ideológicas, políticas y religiosas, partamos de las necesidades más básicas.  No se trata de ser héroes o santos, sino de convivir de modo que seamos capaces de atender a necesidades comunes con soluciones consensuadas mediante el diálogo y la resolución no violenta de los conflictos.  Una moral de grado 0. Nada más. Nada menos.

Y el filósofo sugiere plantear estas necesidades mínimas como deseos (acostumbrados como estamos, dice, a pensar que los deberes son algo enojoso que limita y va en contra del mundo del deseo y que las normas obedecen al capricho arbitrario de quien manda y pretende imponer su voluntad sobre la mía).

Procediendo de este modo, reconozco en mí, asegura convencido, cuatro grandes necesidades y desos que espero que compartas.

  • ·         Quiero vivir bien, con una vida sana, digna, desahogada y feliz.
  • ·         Quiero que alguien me quiera y tener alguien a quien querer.
  • ·      Quiero saber las reglas de este juego (que se espera de mí y que puedo esperar de ti.
  • ·     Y, después de todo esto, quiero que me dejen en paz.  Quiero tener la posibilidad de elegir mi forma de vida y ser respetado.


Si reconoces en ti esos mismos deseos podemos empezar a ver qué posibilidades, dificultades y soluciones podemos encontrar para su realización (por mi parte y por la tuya) en los distintos ámbitos de convivencia (el grupo de iguales, la familia, el vecindario, el país las relaciones con otros pueblos).
Y pongámonos manos a la obra.


-      - Pero, y las normas, las leyes y la definición de valores, ¿dónde quedan?, Pregunté, un poco perplejo.
-       - Las normas, las leyes, los valores no se imponen de principio.  Deben ser siempre el resultado del debate.  Ya verás cómo al final (pero, al final) terminareis hablando de colaboración, solidaridad, compromiso, participación, consenso, democracia, libertad o tolerancia.   Pero, al final.  Si salen bien las cosas.

         -  Pero todo me lo deja usted en el aire…
-      -  Efectivamente, todo está por hacer.  Nada hay escrito.  Estamos convocados a escribirlo y hacerlo cada día: la convivencia, la democracia, la ética no son un presupuesto.  Son una tarea.
-      - Pero, entonces ¿todo es relativo? ¿Está todo sometido a la conveniencia o el capricho?
-       - No, justamente lo contrario.  Es una ética basada en la reflexión, el diálogo, el debate, el compromiso.  No es ni biológicamente posible el egoísmo.  Que ya lo dejo dicho, por entonces el poeta Bertolt Brecht: “Todos o ninguno.  Solo nadie se salvará”

Y, llegado a este punto, el filósofo errante, puso las manos cruzadas encima de la mesa, miró a la concurrencia y dijo:

-       Esto es, hermanos, compañeros, amigos, lo que pienso, de momento.  Tal vez, de nuevo, me equivoque, pero espero repensarlo con vuestros propios pensamientos, pues que yo no soy YO, soy CON VOSOTROS.



Aquí se calló. Y esto fue todo

5 comentarios:

  1. Vaya con el iluminado, pues ¿no ha dicho con unas líneas lo que a Copleston le costó ocho o más tomos?

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    1. Ay ladrón, ladrón. Qué bien sabes camelarme!

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    2. Copleston alargó tanto la obra porque era jesuita y mientras estuviera dedicado a escribir se libraba de otras tareas. Digo yo. Que el vivir en comunidad obliga a ciertas mañas

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  2. Qué en una sociedad qué se ha pasado dé una estructura medieval a la posmodernidad, sin pasar por la Modernidad, alguien se plantee espacios comunes dé encuentro es para celebrarlo, Ética mínima para tiempos dé desencanto.
    Gracias Profesor, voy a proponer sus propuestas como debate a mis alumnos.

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