miércoles, 3 de octubre de 2012

¡Qué cosa más seria, el humor! ¿No es cierto?


QUÉ COSA MÁS SERIA EL HUMOR ¿NO ES CIERTO?

Francisco Flecha Andrés

(Conferencia inaugural para el Curso de Verano "El Humor, la Asignatura pendiente", organizado por la Universidad de León en colaboración con el MUSAC)


Dicen Que Ortega y Gasset, que debía pronunciar una conferencia en Buenos Aires bajo el título “Meditación de la Criolla”, comenzó, casi gritando:
            “¡Socorro! En este mismo momento un hombre se está ahogando”.

Y tras describir la mano del ahogado desapareciendo bajo las aguas en un último intento de aferrarse a la vida, pronunció estas palabras:

“el hombre que, en estos momentos, se ahoga ante ustedes –ante los que me están oyendo en toda la ancha Argentina-  soy yo”.

Y todo, por lo visto, porque los ojos de una porteña habían hecho perder los papeles al ilustre conferenciante.

Traigo esta anécdota aquí, al principio de mi propia exposición para evidenciar varias cosas:

§  Primera. La simpleza del filósofo que pierde los papeles, según dice, en un acto académico por los ojos de una moza.  Aunque la verdadera simpleza no está tanto en perderlos como en declararlo públicamente.  Se ve que el señorito de Madrid no era de esta tierra medio celta y visigoda donde estas cosas no se dicen en voz alta ni siquiera a la interesada.

§  Segunda.  Porque este texto ha sido citado muchas veces como un claro ejemplo de humor.  Y a mí, la verdad, no me lo parece (¿O si?).  No lo sé.  Me inclino, más bien, por considerarlo una simpleza, un recurso simplón y desgarbado, el piropo de un señorito despegado en un momento inoportuno.  Que, tal vez, los piropos sólo tienen auténtico sentido cuando uno es albañil y está en lo alto de un andamio.

§  Tercera. Porque ejemplifica, un poco, el proceder de alguna gente del oficio (entre los que me incluyo, desde luego) que tienden a poner títulos pomposos a sus charlas para encontrarse, después, en un aprieto y tener que llenar una hora con bobadas, más o menos ajustadas.

§  Y Cuarto. Porque, por las ganas, también yo gritaba ahora mismo:
“¡Socorro! En este mismo momento un hombre se está ahogando”. Yo mismo, sin rodeos, que después de 35 años subido en este andamio de engatusar con las palabras, acostumbrado a salir por peteneras, no encuentro las palabras.  No sé qué decir.  De verdad, me estoy ahogando.

Me comprometí con Martín Favelis, verdadero impulsor, organizador y director de este encuentro de humoristas,  para hacer de telonero.

Y, puesto que, al parecer, la gente espera demasiado de los que nos ganamos la vida con esto de la filosofía (oficio que, según dice Pereira, lo inventó aquel griego que sorprendió a sus vecinos con aquella famosa frase, que después mejoró el Guerra: “lo que es, es; y lo que no es, no es”).  Pues bien, impresionado, sin duda, por tal habilidad, como digo, me invitó a que hiciera una introducción sobre la visión del humor desde la filosofía.

Me comprometí, ya digo, sin saber muy bien qué podría decir sobre el asunto, pero confiando en los recursos del oficio (que de peores compromisos he salido).  Y, puesto que lo urgente era poner un título a la cosa, opté por éste que aparece (“Qué cosa más seria el humor, ¿no es cierto?) y que, me parecía, tenía dos ventajas evidentes:

1.    Sonaba dulzón, cercano y sugerente como la letra de un bolero,
2.    No prometía gran cosa y dejaba abierta la gatera para poder escapar, si hiciera falta.

Pero la cosa ha ido complicándose.  Será por la edad o los calores del verano, pero ahora que ha llegado el momento crucial y estoy aquí colocado frente a ustedes, me parece que me faltan las palabras.

Y no es que no haya hecho los deberes, que he leído, yo creo, más que nunca.  Y nada. O casi nada.

He hecho tres intentos y les voy a presentar lo que he sacado.

Pero, antes de nada, una advertencia: cuando uno asiste a una conferencia mantiene, hasta el final tres deseos o esperanzas:
En primer lugar, esperas que el conferenciante diga algo interesante.  Cuando te das cuenta, con hastío, que te has visto envuelto en vanas esperanzas, deseas que, al menos resulte entretenido y ocurrente.  Y si tampoco esto es posible, que ¡por todos los santos! Sea breve.

Procuraré, lo prometo, porque no todo esté perdido, cumplir con lo tercero.


PRIMER INTENTO:  HUMOR Y FILOSOFÍA.

No, si a lo mejor, la filosofía es una cosa divertida y los filósofos, cuando están con los amigos, se parten de la risa; pero ¿alguna vez, algún filósofo ha escrito un libro que provoque, tan sólo, una sonrisa?.

Hombre, la gente engaña mucho; pero esos filosofazos cuyas imágenes vemos en los libros, no parecen, la verdad, muy propensos a la risa.

Y, sin embargo, es verdad, han intentado hablar de ello:

Aristóteles dedicó el Libro II de la Estética a la cuestión de la risa (libro, curiosamente, perdido, que, también es casualidad) O destruido (como hace pensar Umberto Eco en “El Nombre de la Rosa”, si recuerdan, por suponer, desde la rígida ascética medieval, que la risa era una debilidad enfermiza, una voluptuosidad anunciadora y animadora de los más bajos placeres y pecados de la carne).

Otros, como Freud o Bergson han dedicado tratados al chiste o a la risa.

He intentado leer lo que decían por presentarles aquí alguna teoría.

Y, lo confieso: he pillado un aburrimiento casi sobrehumano.

Pero, bueno, no ha sido en balde, que de aquí he sacado una primera conclusión que les presento:

La risa (y el humor) es como el acto sexual: si te pones, en mitad del ejercicio, a analizar y apuntar lo que sientes, estropeas el asado.   Y si hablas de ello, de memoria, sin catarlo, por lo menos, se te nota.

Parece que Wittgenstein dijo alguna vez que podría escribirse un tratado de filosofía a base, exclusivamente, de chistes.

No lo dudo.

Pero, lo que ha ocurrido, con frecuencia, es que los filósofos han optado por querer explicar un solo chiste (y además, con poca gracia) en 1259 páginas.

Y han conseguido lo imposible: no explican el chiste, pero revientan la gracia y al lector.

Y es que, tal vez, sea verdad aquella máxima humorística (esta sí) que dice:

“La filosofía es el abuso sistemático de una terminología especialmente inventada para tal fin”.

Y, sin embargo, si lo miras con cuidado, existe un parecido innegable entre los filósofos y los humoristas: ambos nos piden que miremos al mundo de reojo, con sospecha, que imaginemos otros mundos (o el mundo de otra forma), un mundo patas arriba en el que los caballos, los perros o los gatos hablan con palabras y gestos más juiciosos que los hombres, en el que Chita eduque a Tarzán, en el que los objetos inanimados tomen, milagrosamente, vida.

Ambos, el filósofo y el humorista te piden que mires el mundo desde la perspectiva de un marciano, que mires el mundo a tu alrededor como si acabaras de aterrizar desde otro planeta.

Pero, la diferencia, tal vez, es que, al final, el humorista termina hablando de su propio mundo, con palabras e imágenes del hombre de la calle, mientras que el filósofo, tantas veces, sigue hablando como un marciano en discursos para marcianos.

¡Ah! ¿Qué no me creen?

Pues ahí va esta perla del divino Tomás de Aquino, que si la miráramos con la sospecha que exige el humorista podría aparecer en la mejor antología del humor de nuestros días:

“Es imposible que haya en Dios más de tres personas, porque es imposible que las personas divinas se multipliquen por una división de sustancia, sino solamente por una relación de procesión, y no por una procesión cualquiera sino por una procesión que no dé por resultado alguna cosa externa.  En efecto, si esta procesión diera por resultado alguna cosa externa, no tendría naturaleza divina y, por consiguiente, no sería una persona o una hypostasis divina.  Es así que: en Dios la procesión que no tiene un término exterior no puede ser tomada más que en el orden de las operaciones de la inteligencia (de donde procede el Verbo), o de las operaciones de la voluntad (de donde procede el amor)…”

Si quieren, se lo repito más despacio o les dejo un rato para pensar despacio en todo ello.

Y en la Academia ¿qué pasa con el humor?

Pues ya lo dice el título del curso. El humor sigue siendo una asignatura pendiente.

Hasta hace bien poco, quizás hasta ahora mismo, estudiar el humor parecía poco serio.  Se ha estudiado más la risa.  Desde dimensiones psicológicas o fisiológicas:  cómo se produce, qué la desencadena, qué función fisiológica o psíquica tiene, si también ríen los animales o si es un mecanismo específicamente humano…

Y también se ha estudiado algo el humor como discurso (desde la lingüística o la Teoría de la Comunicación).

Pero está la cosa todavía un poco revuelta.

Y, viendo que de aquí no sacaba mucha agua, procedí al segundo intento.


SEGUNDO INTENTO:  LA COSA SOCORRIDA DE LAS DEFINICIONES.

Cuando no se sabe qué decir, siempre resulta socorrido acudir al diccionario.

Y así me lo propuse.  Pero, antes de empezar, me desanimaron, de antemano, las opiniones de maestros:

Julio Casares, Académico de la Lengua (que no sé si es mucho decir, teniendo en cuenta aquella anécdota que dice que don Camilo José Cela, estando una tarde en una casa de placer,  y entrando en conversación con la elegida, por no ir directo al pim-pam-pum, dio origen al siguiente comentario:

-         Y tú ¿a qué te dedicas, chato?
-         Soy Académico de la Lengua
-         Anda, quita pa’ allá, cacho guarro).

Pues eso, don Julio Casares nos advierte:

Empezaré por decir que la acepción de “humor” en el sentido que ahora nos interesa no está recogida ni bien ni mal en el diccionario.  Dios me libre de definirla, porque, según afirman quienes más saben de esto, los ingleses, el sólo hecho de intentarlo prueba ya carencia del verdadero sentido del humor”.

Hombre, reconocerán que esto, a poca sensibilidad que tengas, te frena un poco.

Y a esto podría añadirse la opinión de Pio Baroja:

“El humor es como el ave fénix que renace constantemente de sus cenizas, es un extraño pajarraco mal definido, que tan pronto parece gris como lleno de plumas brillantes y de colores; a veces se quiere creer que no existe y que es pariente de las sirenas, de los dragones, de los gnomos y de otros seres de una fauna irreal y mitológica, a veces tiene una objetividad tan manifiesta como las jirafas, los dromedarios y los camellos.No es fácil siempre separar el humorismo de las especies literarias algo afines.  El humorista se confunde muchas veces con el cómico, con el satírico, con el bufón y con el payaso.  Como el camaleón cambia constantemente de color y estos cambios de color no lo confunden, sino que le caracterizan 
Pues esta segunda opinión ha venido a confirmarme en algo que había venido observando: el humor, muchas veces, se ha identificado con la risa y la producción humorística con el chiste y con lo cómico.

Pero ¿esto es todo? El humor se realiza SOLO a través del chiste? ¿Es SOLAMENTE una manifestación más de lo cómico?.  Espero que no.  Quiero pensar que el humor no tiene la función exclusiva de provocar la risa, entendida ésta como una reacción fisiológica placentera, un cierto espasmo producido por algo que nos provoca un aumento progresivo en la tensión y una súbita e incontrolable liberación torrencial de esa tensión, que deja el cuerpo levemente sofocado, pero relajado y con una innegable sensación de placer.

¡Uy!  Ustedes perdonen.  Creo que se me ha ido la cabeza.  Releyendo este párrafo anterior no sabría asegurar si me refería en él a la risa y al humor o a eso otro que, finamente, se conoce como el “vicio solitario”, si, hombre, esa especie de juguete gratuito de aquellas épocas pasadas en las que el sexo se hacía a mano.

Pero, incluso esto viene al caso, pues lo mismo que este ejercicio manual no es suficiente para explicar la sexualidad, el chiste, lo cómico no explica totalmente esa cosa escurridiza que llamamos humor.

¿O deberíamos dejar fuera a todos aquellos que no usan el chiste en sus viñetas, digamos Chumy Chumez, el Roto, Máximo y tantos otros representantes de un humor reflexivo, dolorido, tierno o inquietante?

¿O que diríamos, por ejemplo, del Quijote?  Considerado, muchas veces, como obra cumbre del humor, pues que parece que fue escrito para hacer reír al  “desocupado lector” y a cuantos escucharan su lectura en las cocinas, en nocturnos filandones usando, como excusa, la crítica de los libros de caballerías y los estereotipos de tipos populares (que tan tanto juego en la comedia): hidalgos enjutos, labradores orondos y tripones, curas, amas, bachilleres, pastores, venteros, criadas y mozas de posada.

Y, sin embargo, no todo es risa.  Alguna vez leí en alguna parte (y lo hago mío, que a mí también me pasa):
La primera vez que leí El Quijote, me reí a mandíbula batiente.  La segunda vez, me hizo quedar un poco pensativo.  Y la tercera, lo reconozco, me hizo llorar de compasión”

Y es que, tal vez, aquí están presentes todas esas cosas que parecen mezclarse cuando se habla del humor: que no son lo mismo (o a mí no me lo parece) las chanzas del ventero, los engaños de sus amigos por devolver al caballero a la razón, o las burlas crueles de los condes.

Hay episodios cómicos: como la aventura de los batanes; burlescos, como la vela de armas en la venta; satíricos, como la quema de los libros; sarcásticos, como la aventura de Clavileño; humorísticos, como Sancho gobernando Barataria.

No sé si con todo esto se va aclarando algo, pero toda esta jerigonza me llevó a lo que considero el tercer intento (y, tal vez, definitivo): poner un poco de orden en todos estos conceptos parecidos y mezclados.


TERCER INTENTO: LO CÓMICO, LO SATÍRICO, LO SARCÁSTICO, LO IRÓNICO, LO HUMORÍSTICO.

Si ponemos como criterio básico de consideración “el humor es aquello que provoca risa” nos veremos metidos hasta las ancas en ese terreno movedizo y pantanoso donde se mezclan cosas distintas, pero, a veces, tan entremezcladas que es difícil distinguirlas; pero creo que sólo poniendo un poco de orden podrá llegar a entenderse la dimensión exacta de estas cosas.

Utilizaré, para ello, esa vieja manía que tenemos los profesores de hacer grupos de conceptos:

§  Primer grupo: lo cómico
§  Segundo grupo: lo burlesco, lo satírico, lo sarcástico
§  Tercer grupo: lo irónico
§  Cuarto grupo: lo humorístico


Primer grupo: lo cómico.

Se dice que es cómico todo aquello (personas, cosas, hechos, dichos…) que, por no se sabe  qué extraños mecanismos es capaz de provocar risa, incluso aunque no fuera  esa su intención o el oyente no estuviera predispuesto para ello.
Es más, podría decirse que siempre nos pilla por sorpresa.

Puede haber (o no) comicidad en un resbalón inoportuno; pero un resbalón sólo es cómico cuando ocurre en unas circunstancias determinadas.

Ya, pero ¿cuáles son esas circunstancias? Pues no lo sé, pero se me ocurren unas pocas, como para ir abriendo boca:

1.    Las situaciones son cómicas cuando le ocurren a gente “normal”, en circunstancias intrascendentes: 
-         nos podemos reír de un miope, de un despistado que se choca con una farola, de un borracho que da un traspiés; pero nadie presenta a un ciego como espectáculo risible (porque no produce risa, sino compasión).
-         Un mozo chulito que resbala y se cae en pleno “baile de apareamiento”, nos produce risa; si el que se cae es un pobre viejo al que parece que ole ha dado un “tantarantán”,. Nos produce lástima.
-         El orador engolado en el borde de un estanque poco profundo que, en pleno esparajismo, mostrando sus galas como un pavo real, da un traspié y cae al agua, nos da risa.  Si se cae desde una terraza al vacío, hombre, no es lo mismo.

2.    Las situaciones también son cómicas cuando ocurren en medio de acciones muy ritualizadas y rompen lo esperado en ese ritual:  Eso explica la risa tonta que nos puede sobrevenir, irresistible en una boda, en un entierro, en un desfile, en un examen:
§  Si, en una boda, al darle la comunión a la novia se le cae y se le mete por el escote, ni te cuento.
§  Si al general, con toda la pechera cuajada de medallas, en el desfile de la victoria, con el esfuerzo de ponerse firme y dar un taconazo marcial al paso de la bandera, se le escapa una ventosidad inesperada, rotunda y contundente, pues lo mismo.
§  Si en plena oposición ves que alguien ha puesto, de forma inadvertida, en la espalda del presidente del tribunal, que se esfuerza por mantener la dignidad, el respeto y el silencio, un letrero que diga, por ejemplo, “mi mujer me la pega hasta soñando”,  pues tal vez te sea difícil mantener el disimulo.

3.    También pueden resultar cómicas, como ya aparece en el punto anterior, aquellas situaciones que desinflan la dignidad, el intelecto, la chulería o el heroismo de alguien considerado superior, pero que aparece sometido, como cualquier hijo de Adán, a la dependencia inesperada de funciones corporales muy elementales:

El barón Lord Carrington, capitán de alabarderos del Glorioso Ejército de su Graciosa Majestad, ampliamente condecorado por sus heroicas campañas en Calcuta, al que nadie había visto jamás reír o llorar ni demostrar cualquier afecto en sociedad, al volver de un safari en Kenia, contaba, como Tartarín, los lances de la caza, en su Club de Reservistas, a sus antiguos camaradas:
- Caía ya la noche, estaba descuidado, cuando, justo detrás de mí rugió fieramente un enorme león:  ¡Uuuaghhh!Me cagué-          hombre, no me extraña.-          No, ahora.
Bueno será decir, de todas formas, que lo cómico tiene siempre un carácter lúdico, festivo, no se ríe de nadie, sino de la situación.  No es malintencionado (en general) y va encaminado directamente a producir risa.  La intensidad de la risa marca la medida y el éxito del gag cómico..

Sin embargo, incluso en esto que parece simple y espontaneo, podríamos distinguir entre variaciones distintas de lo cómico: la anécdota, el chascarrillo y el chiste.

a. La anécdota.    La anécdota (como el chiste o el chascarrillo) no es algo que “se hace”  o que se inventa, ni siquiera ”se dice”; sino que “se cuenta”, se re-produce para otros y sólo entonces tiene pleno sentido.  Tanto para el chiste como para la anécdota o el chascarrillo nadie reivindica su autoría.  Se transmite como parte de un legado colectivo.

Pero, a diferencia de los otros, la anécdota está anclada en el espacio y en el tiempo: se trata de sucesos o rasgos reales, atribuidos a personas concretas.  Se suele identificar su origen y no siempre persigue la comicidad, sino que es, con frecuencia, una simple curiosidad, más o menos aleccionadora.

Aunque tiene en común con el chiste y con el chascarrillo el que tampoco se la toma en serio.  El auténtico valor de la anécdota reside en la oprtunidad y el ingenio con que, en su momento, aconteció lo que en ella se cuenta (más, sin duda, que en la oportunidad de su narración).

Sirva, como ejemplo, la siguiente, que suelo contar siempre que viene al caso:

Se reunía en Madrid, en sesión ordinaria, un buen día de Mayo, la Conferencia de Rectores de las Universidades de España para elaborar un informe sobre la propuesta de Ley de Reforma de las Universidades presentada a debate por el Gobierno de la Nación.Tras varias intervenciones, más o menos ajustadas a la cuestión, el Rector de la Universidad Politécnica de Barcelona propuso que cada Rector volviera a su Universidad y abriera una especie de encuesta para que pudieran participar con su opinión todos los miembros de la comunidad universitaria. Se hizo un momento de silencio, como asintiendo, roto, al fin, por la voz templada de Don Marceliano, Rector  Magnífico de la Universidad Pontificia de Salamanca y Agustino de la provincia de Castilla: - Deberíamos tener cuidado -dijo- con abrir debates nuevos, porque en la fiesta de mi pueblo, un año, soltamos una vaquilla y volvió preñada.Aquella sentencia, como es lógico, cerró cualquier debate posterior.

b.     El chascarrillo.   El chascarrillo es, de todas las manifestaciones de lo cómico, lo más próximo al chiste (al menos, al chiste oral).  Así parecen reconocerlo también los diccionarios:
§  “Cuento breve y gracioso” (J.Casares),
§  “anécdota ligera y picante o frase de sentido equívoco y gracioso” (Pequeño Espasa)
§  “Cuentecillo o narración que contiene un chiste” (María Moliner)

Sin embargo, parece claro que al que sabe muchos chascarrillos y los cuenta muy bien, difícilmente le atribuimos el conocimiento de muchos chistes o diríamos de él que es muy chistoso (nos limitaríamos a decir, seguramente, que es “muy gracioso”).

El chascarrillo puede ir desde unos versos, muy próximos al refrán:
“La Lola tiene un mandilcon un lagarto bordado.Cuando en el baile se arrimaEl lagarto mueve el rabo”
O una frase ingeniosa:

§  “Las estadísticas son como el biquini: lo que revelan es sugerente; lo que ocultan, es vital”.§  “No cuentes las penas a los amigos; que los distraiga su santa madre”.
O hasta pequeños episodios contados como de pasada y como sin querer:

§  Cuando se cuenta lo de la vieja puta del barranco, la Palmira, que animaba a los primerizos de aquella manera tierna y maternal:
“- ¡Dale, dale, cara guapa, dale, que me estrenas!”

§   O aquello del mozo marroquí, recogido por Pereira en un relato maravilloso, como tantos, quien, después de una copiosa comida y en medio del duermevela de la siesta en el frescor de la alcoba, viéndose bendecido con una envidiable erección, llamó a voces desde el cuarto:
“- Mira Aixa, mira lo que te pierdes por ser mi hermana”.

El chascarrillo se diferencia del chiste
§  En que puede carecer del efecto sorpresa (esencial en el chiste)
§  Esmás apreciado cuantas más veces se oye o se lee, frente al chiste que pierde toda o gran parte de su gracia cuando se repite.

A veces, sin embargo (puesto que, como vemos, las fronteras resultan muy escurridizas) se acerca a lo que, más tarde consideraremos como propio del humor:
§  Como aquello que dice un condenado a muerte al pelotón de fusilamiento: 
“- Podéis quitarme todo, menos el miedo”.

§  O aquel otro acierto narrativo de García Márquez:

”Llamé allí, a las siete de la mañana y me contestó alguien que, por la voz, se conocía que era una rubia desnuda”.

c.  El chiste.    Lo primero que debemos decir es que “contar un chiste” es un juego especial del lenguaje.  No es lo mismo contar un chiste que dar cuenta de un suceso o contar una anécdota.  Obedece a unas ciertas reglas y a un “algo” indefinible que hace que el mismo chiste nos parezca gracioso o no, según quien lo cuente.  Se me ocurre que para que un chiste se produzca:

1.    Los interlocutores deben ser conscientes de que se va a contar un chiste.

2.    Debe existir una especie de consenso o complicidad que nos permita reconocer qué cosas pueden ser objeto de chiste y qué cosas no.
3.    Debe partirse de unos presupuestos y creencias compartidas, de un mismo telón de fondo:

§  Si yo digo: 
“Se suben en el tren Ruta de la Plata, en Badajoz, dos únicos viajeros, que coinciden en el mismo departamento: un extremeño y un vasco…”  es porque estoy seguro de que los oyentes atribuyen unas características al extremeño (abierto, noble, hablador…) y otras al vasco (reconcentrado, cáustico, cerrado en sí mismo…)

4.    Es imprescindible que se capte la atención desde el principio y que la narración vaya ganando en climax (sin que se produzca ni la más mínima interrupción):

“ Después de 200 kilómetros sin mediar palabra, los dos sentados frente a frente, con aquel silencio espeso.  Tracatrá, tracatrá tracatrá…
El extremeño empieza a sentirse agobiado y, simplemente por romper el silencio y hablar de algo, dice:
- Pues yo soy de Don Benito y usted ¿de dónde dice que es?

5.    Si alguien interrumpe o, simplemente, parece distraerse, se pierde toda la magia.  Es mejor dejarlo.

(No saben cómo siento que, también ahora, parezca que estoy hablando del arrebato sexual).

6.    Y se llega al punto crucial cuando se produce un cierto quiebro inesperado entre la respuesta que cabría esperar y la que se produce en realidad.  Respuesta inesperada, pero  no totalmente absurda, sino lógica, coherente o inofensiva desde un planteamiento paralelo:

“- Pues yo, de Donostia”.
-          Bueno, hombre, ¡tampoco es para ponerse así!.

El chiste se presenta, generalmente, como un juego social, que divierte a quien lo transmite y pretende divertir a aquel a quien va destinado.

Es, ante todo, un mensaje lúdico, una actividad:

-         Gratuita, sin finalidades segundas.

-         Libre, sin rigidez en la fórmula o en la manera de contarlos (aunque se ajuste a una especie de reglas internas).

-         Que procura la evasión, el escape.

-         Cuya eficacia es inmediatamente evaluable por la intensidad de la risa que provoca.

-         Que debe respetar el principio sagrado de la “oportunidad” y la “automesura”.

-         Que no es ni se considera amenazante.

-         Que no exige ponerse en guardia, sino “dejarse llevar”.

-         Que encuentra su filón más importante en actividades o conductas donde se da una fuerte ritualización: el matrimonio, la familia, la religión, el ejército, la política, la sexualidad, etc.

Aunque podría distinguirse, como hace Freud, entre el chiste inocente y el tendencioso:

§  El chiste inocente se ríe de lo que le rodea, por puro juego, sin propósito de criticarlo o de cambiarlo, por el gusto de ponerse al otro lado, por un rato.  La transgresión ocasional no cuestiona lo transgredido.  No tiene moraleja, ni lo pretende.

§  El chiste tendencioso (aunque parece un poco fuerte, la verdad, llamarlo así.  Bastaría con llamarlo “intencionado”) es aquel que tiene por objeto la crítica o el ataque o menosprecio de situaciones, personas o grupos.

§  Podría ir desde los chistes políticos en periodos de opresión o dictadura

§  Como un recurso saludable para no dejarse ahogar por lo que pasa, una especie de guerrilla resistente con las armas de la poesía, el chiste y la canción para encontrarse, en un guiño, con iguales y soportar, así, la feroz embestida del morlaco.

§  Pasando por aquellos que intentan debilitar la consideración de otros para sentirnos superiores.  Son aquellos que parecen reflejar a la gente que los cuenta (inteligentes, machistas, ingeniosos, racistas, reaccionarios, asquerosos, ingenuos, sádicos o, simplemente, guarros) y que sirven para reafirmar los prejuicios personales o sociales.  Confirman el status quo denigrando a un sector de la población (a los negros, a los gays, a los gitanos, a los de Lepe, a las mujeres, los funcionarios o las monjas de clausura) atribuyéndoles un grado sorprendente de estupidez o de ignorancia, como en un acto de afirmación de la propia superioridad.

(Por eso se siente uno tan mal cuando no entiende un chiste, como si fuera una prueba evidente de que uno es todavía mas estúpido que aquellos que el chiste nos presenta).

Pero bueno, y digo yo: Después de todo esto ¿en qué quedamos? ¿El humor y lo cómico son lo mismo?.

Pues, como diría un gallego, en parte sí y en parte no.

Podemos decir que el humor puede utilizar recursos cómicos (chascarrillos, anécdotas o chistes), pero añade algo más, algo distinto.  Como aquel que se coloca en una nueva perspectiva.

Lo cómico pretende hacer reír.  Lo humorístico puede hacer reír, pero no es esa su pretensión primera, sino compartir una mirada socarrona y tierna a un mundo excesivamente encorsetado, rígido y aburrido.

Dos maestros del humor gráfico, Mingote y Forges, improvisadamente y al alimón (o no tan improvisadamente: el humorista no improvisa, sino que dice, como improvisando, lo que lleva años pensando).

Bueno, como sea, el caso es que han descrito esta distinción entre lo cómico y lo humorístico con gracia y con notable precisión:
Dice uno:
-Uno va por la calle y se cae: eso es lo cómico.
            Y responde el otro:
-…lo humorístico es lo que dice después el tío.

Pongamos un ejemplo:

§  El maestro habla, engolosinado, con una chica que ha venido de visita.  Los niños se percatan de que tiene la bragueta abierta y se le ve un calzoncillo con dibujos de Mickey Mouse.   Puede que estalle la risa.

§  Cuando se cuenta la escena, haciendo al maestro consciente de esta situación y aparece el agobio, el bochorno, el intento de recomponer la figura digna del maestro, puede que la cosa pase de lo simplemente cómico a lo humorístico.

Segundo grupo: lo burlesco, lo satírico, lo sarcástico.

Así como lo cómico parecía estar provocado por ciertas situaciones, este segundo grupo utiliza como materia prima las personas.  En lo burlesco, lo satírico y lo sarcástico el objeto de risa son los otros.
La distinción entre estos conceptos (burlesco, satírico o sarcástico) viene dada por una cierta gradación en la agresividad y la ofensa. 

Desde el carácter puramente cómico y lúdico de la burla carnavalesca, fiesta ritualizada y contenida que pretende imaginar  un mundo al revés por unos días, de romper unas barreras que, sin embargo, se quieren y respetan o la imitación festiva de voces y de gestos de aquellas personas a las que, en el fondo, se respeta, se admira o se envidia,

Pasando por la sátira, que tiene ya más de crítica abierta, moral y doctrinaria.

Hasta llegar al sarcasmo, mueca cruel, ataque despiadado, forma verbal del odio y mala leche.

Pues bien, aquí sí que veo, con más claridad que con lo cómico, las diferencias existentes entre estas cosas y el humor.

Desde luego, me niego a reconocer que, en el sarcasmo, por más que provoque una risa resentida, haya nada que pueda confundirse con el humor. 

También cabe poco humor en la sátira.  Porque, como decía Pio Baroja, existen claras diferencias entre el satírico y el humorista:

§  Y es que el satírico juzga el mundo y los hechos teniendo como norma exclusiva la virtud, y el humorista no tiene una norma tan definida ni tan clara (o, al menos, no pretende imponerla a los demás).

§  El punto de vista del satírico es un punto de vista moral, el del humorista es un punto de vista estrictamente racional, ético y libre.

§  El satírico tiende a la corrección y al látigo; el humorista a la interpretación y al bálsamo.

§  El satírico arroja sobre los hechos la mirada y el juicio frío de la ley, la norma o la costumbre; el humorista la mirada tierna, cómplice, comprensiva del sentimiento.

§  El satírico parece colocarse siempre en contra; el humorista, más que el enfrentamiento, busca la comprensión y, en todo caso, la autocorrección, por reducción al absurdo.

§  El satírico parte de una irritación agresiva, ataca y tiende a hacer reír; el humorista se deja sorprender por las cosas y tiende a hacer reflexionar (con una sonrisa, si es posible, pero a reflexionar, de cualquier forma).

§  Al satírico le gustan las grandes palabras, los grandes gestos, las grandes razones.  De todo haría un discurso, una homilia.  Al humorista le sobra una imagen, una palabra, un gesto controlado, un trazo esencial, una mirada.

§  El satírico pretende presentarse como un ser razonable, que cree en la razón ( sobre todo, en la suya).  El humorista es un ser razonable que duda de la razón (incluso de la suya).

§  El satírico, desde el bando de los buenos, señala a los malos y a los locos.  Para el humorista, el mundo tiene por todas partes algo de jardín, de hospital, de cuartel, de manicomio.

§  El satírico se ríe de los otros.  El humorista se ríe, sobre todo, de sí mismo.

Resumiendo, tal vez, un poco, todo ello, Wenceslao Fernández Flórez establecía como nota diferencial entre sátira y humor la falta de ternura y comprensión indulgente de la sátira.

Dejemos bien sentado que este sentimiento de compasión es, efectivamente, elemento integrante del humorismo.

Pero no es suficiente con contemplar con piedad a las personas que pueden dar ocasión a la sátira para entrar en el territorio del humor.  Es necesario que nos sintamos solidarios con ellas.  Sólo cuando el satírico se detiene a pensar que es de la misma carne de sus víctimas, que está sujeto a las mismas flaquezas y debilidades, que no sabe si algún día se verá en situaciones tan desairadas o ridículas como las que censura, sólo entonces está en condiciones de pasar de la sátira al humor..

Grupo tercero: lo irónico.

No quiero dejar pasar la ocasión sin dedicar unas palabras a la ironía (aunque parezca exagerado dedicarle a ella sola un grupo).  Y esto porque, con frecuencia se la ha considerado como un condimento esencial del humor (como el chiste, lo cómico o la risa).

La ironía es, simplemente, una figura retórica, un simple artificio que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice.

Por ejemplo: decir a una orquesta que ha interpretado horrorosamente “La Pasión según San Mateo

-          Felicidades, nunca nadie me había hecho sentir tan cerca de los verdaderos sentimientos de Cristo en la pasión.
La ironía puede ir desde una salida cómica, próxima al chiste, a una broma ingenua o a un sarcasmo absolutamente aniquilador del interlocutor.  Muy propio de la forma de actuar que, a veces, ocurre en estos viejos pueblos mesetarios cuando alguien quiere ofender al forastero con medias palabras que sólo entienden plenamente los del pueblo, mientras que a los extraños les parecen inocentes:

Ejemplo: el nuevo rico que llega a la cantina y se empeña en invitar a todos los presente para impresionar a los paisanos con su lograda prosperidad y, para más “inri”, pretende autofestejarse con un brindis:
-Bueno, pues nada,  que de hoy en un año!
Y el paisano que, sin que se le mueva siquiera la boina, entre dientes, mordiendo con la boca cerrada:
-el tu cabo de año.

De todo lo cual, podemos extraer dos conclusiones:

1.    Que la ironía tanto sirve al humor como a la ofensa.

2.    Que nada le impide al humorista hacer uso del lenguaje irónico, como de cualquier otra herramienta, consciente de que la calidad o el carácter de la obra no está sujeta, ni depende, de la herramienta usada, sino de la intención y la maestría de quien la usa.



Y, por fin, el humor.


Mi vecino es una buena persona; percibe con envidiable claridad ese lado insólito que todas las cosas (incluso las más cotidianas) tienen; no se altera innecesariamente y parece (moderadamente) optimista (o graciosamente pesimista. No es un “agonías”); hace comentarios agudos y oportunos y sabe intercalar algunos chistes, con gracia, con medida y prudencia; además sabe encajar bastante deportivamente las bromas que le gastan y nos sorprende con frecuencia con su forma original de enfrentarse a la vida… (aunque, por las malas, tiene un pronto que te cagas.  Que no estoy describiendo a un San Pancracio).

Sin embargo, nadie diría de él que es un humorista.  Nos limitaríamos a decir que “tiene un gran sentido del humor”.  Para convertirse en humorista hace falta una producción intencionalmente dedicada a hacer pública esta visión del mundo.

Humorista es, por tanto, aquel que, utilizando cualquier herramienta, técnica o medio de comunicación ofrece una manera especial de enjuiciar, afrontar y comentar las situaciones con cierto distanciamiento ingenioso, burlón, con un punto de ternura o de comprensión (aunque sea desencantada) y que busca una cierta complicidad con el oyente que pone, en lo contado, una parte importante del proceso de interpretación.

  Un verdadero humorista se atreve a mirar  cara a cara aquellas cosas que a los demás les da miedo pensar o decir.  Y lo que el humorista ve o dice es una especie de verdad sobre la gente, sobre su situación, sobre lo que les duele, les preocupa, les domina o les aterroriza.

El humor nos permite ver el mundo con ojos nuevos, como quien estrena la mirada, como quien crea el mundo al mirarlo:  viene a ser mirar lo familiar como si fuera extraño, lo ordinario como extraordinario, lo real como subreal, lo necesario como absolutamente superfluo, las leyes inmutables como puras convenciones sociales.

El humor nos permite elevarnos de lo particular a lo general. Lo peculiar de la sátira es ridiculizar las narices de fulanito, la voz atiplada de Franco.  Criticar a Hitler o a Franco entre dentro del terreno de lo satírico.  Cuando Charlot hace una peli de “El gran dictador” está haciendo una obra maestra de humor.

El humor nos presenta la contingencia y la arbitrariedad de los grandes ritos sociales.  Tiene, por tanto una clara dimensión crítica, liberadora (más erficaz que cualquier panfleto por lo directo y poco discursivo).  De ahí la enorme importancia que ha tenido en los movimientos que se han comprometido en la crítica del orden establecido.   Los regímenes fundamentalistas temen mucho más a los humoristas que a los heterodoxos.

Bien claro lo decía la pintada italiana.  “Una risata vi sepelirà” (Una carcajada os enterrará).  Reírse del poder supone dejar en evidencia su contingencia, es presentarle en paños menores, como en la historia de “el traje nuevo del Emperador”.

El humor nace ante el descubrimiento, o la sospecha, ya expresada por Borges de que existen hombres (tal vez demasiados) que tienden a
“tomar en serio las cosas, incluso los congresos o el universo, que bien puede ser una broma cósmica”. 
Pero esta seriedad, sospecha el humorista sólo sirve para perpetuar el poder y las ventajas, económicas, políticas y sociales de aquellos que las inventan y perpetúan.

Por eso, como pura alternativa de liberación, parecen propugnar, sin grandes manifiestos, los humoristas:  si de esta broma cósmica no hemos de salir vivos, y puesto que de algo hay que morir, la propuesta de morirnos de risa, mientras haya tiempo para ello, es algo más que una frivolidad.  Tal vez, el humor y toda la cultura de la risa sea, en el fondo, una protesta contra en universo, protesta en la que la risa es una  consigna y una contraseña secreta, algo así como una pancarta desplegada de acera a acera, impugnando el orden del universo, por injusto, por aburrido, por mediocre, para crear (o, al menos, soñar) otro distinto.

Decía Forges, un día, que la Biblia se entiende mucho mejor si se la interpreta en plan de broma.  He hecho el intento y me parece verdad:

Broma que el mundo se hiciera en seis días, de la nada (y la mujer, al final, cuando ya todo estaba hecho, de una costilla del pariente que la reclamaba como pura compañía);  broma el que les expulsaran del jardín de las delicias por comerse una manzana;  broma que un viejo metiera en un arcón a todos los bichos de la tierra, por parejas; que aquel arcón flotara por encima de una inundación universal y que, al fin, todos salieran retozando, como si nada; broma que a Jonás se lo tragara una ballena; broma que todo un pueblo anduviera cuarenta años por el desierto en busca de un país en el que las fuentes manaran leche y miel y comiendo, mientras tanto, palomitas de maíz que caían del cielo cada noche recién hechas, calentitas; broma que aquella mujer se convirtiera en estatua de sal, por curiosona.
Lo que me resulta raro es que un libro que encierra tanta broma haya producido una legión tan enorme de lectores cejijuntos, entristecidos, sin el más mínimo sentido del humor y dispuestos a partir la cabeza con la maza al que se ría abiertamente de estas bromas.

De todas formas, no estaría de más decir que el humorista no es precoz.  Su arte no se da, normalmente ni en los pueblos ni en las personas demasiado jóvenes (el humor, digo, no la risa, la broma, el chiste o la burla) El verdadero humor es una planta que florece tardiamente y poco a poco, exigiendo, además de una fase cultural avanzada, cierto clima político y social.

No ha faltado quien vea una relación de causa a efecto entre la aparición del género humorístico en un país y el advenimiento de la burguesía como elemento nuevo y predominante de la mecánica social.

Si se me permite la broma, diría yo que ha sido necesario pasar de Carlos Marx a Groucho Marx.

Aunque pudiera ser, más bien, que ambos fenómenos, han coincidido en épocas de relativo bienestar, de cambios de mentalidad, de grupos de poder, de relaciones de producción y sociales.

Sólo cuando no hablan las pasiones, ni están en riesgo intereses vitales, ni se ponen en pie los pueblos para defender las grandes ideologías es cuando prospera la flor perfumada y montaraz del humor que nada desprecia y nada excluye

Todo, hasta lo más dramático, los profundos temores, los deseos y las altas jerarquías, las pequeñas obsesiones, la vida, la muerte, los reyes y los dioses son materia inagotable del humor.

Todo es legítimo y sano  si (y sólo si) la risa que provoca no divierte a expensas del dolor ajeno.

Los límites no están tanto en el respeto –el humor tiene bula para faltarle al respeto a casi todo- como en el dolor ajeno.  El humor nunca debe prosperar a expensas del dolor ajeno.

Por lo demás, bienvenido sea el humor en todas sus posibilidades, el humor negro, el verde, el amarillo y el arco iris.

Ancho es el territorio del humor, tan ancho que parece imposible ni abarcarlo, ni explicarlo por completo.

Por volver al principio, también en esto se parece al amor: es siempre mucho mejor hacer el amor que hablar de él.  Vengan pues, a partir de mañana los maestros que aquí yo sólo he sido el telonero.

Y por cumplir el consejo, déjenme que termine con algo de mi propia cosecha que, si no es cosa de humor, al menos, se le parece:

Heridas del desamor:

Bien claro lo dice la sabiduría popular: "el tiempo es la mejor medicina para curar las heridas". Y es cierto. Después de cinco años, aquella herida que le produjo la ruptura estaba ya total y definitivamente cicatrizada. Sólo quedaba un pequeño resquemor al recordar los reproches que le dejó escritos en el papel de despedida que se encontró al llegar a casa en el mueble de la entrada:" Que ahí te quedas, que estoy harta. Harta de hacerte de criada. Harta de haber gastado mis años de mujer en tan insignificante compañía. ¡Perdedor!, que eso has sido siempre: un perdedor. Mientras tus amigos progresaban tú me has tenido condenada a vestirme en mercadillos y en la ropa de los chinos, a vivir en esta cuadra, a viajar en tu asqueroso R-12 y a tu absoluta incompetencia en la cama. Ahora que me voy, que lo sepas, que el único que me ha hecho gozar como Dios manda ha sido Macario, ese inútil (según tú) al que tantas bromas le gastabas"

Pues bien, todo aquello ya apenas le importaba. Pero lo que no podía soportar, después de tanto tiempo, era ver a Macario en el viejo  R-12 de su alma, tan ufano. 
Y esto es todo. Gracias por su resignada atención.

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