QUÉ COSA
MÁS SERIA EL HUMOR ¿NO ES CIERTO?
Francisco Flecha Andrés
(Conferencia inaugural para el Curso de Verano "El Humor, la Asignatura pendiente", organizado por la Universidad de León en colaboración con el MUSAC)
Dicen Que Ortega y Gasset, que debía pronunciar una
conferencia en Buenos Aires bajo el título “Meditación
de la Criolla”, comenzó, casi gritando:
“¡Socorro! En este mismo momento un hombre
se está ahogando”.
Y tras describir la mano del ahogado desapareciendo bajo
las aguas en un último intento de aferrarse a la vida, pronunció estas
palabras:
“el hombre que, en estos momentos, se ahoga ante ustedes –ante
los que me están oyendo en toda la ancha Argentina- soy yo”.
Y todo, por lo visto, porque los ojos de una porteña habían
hecho perder los papeles al ilustre conferenciante.
Traigo esta anécdota aquí, al principio de mi propia
exposición para evidenciar varias cosas:
§ Primera.
La simpleza del filósofo que pierde los papeles, según dice, en un acto
académico por los ojos de una moza.
Aunque la verdadera simpleza no está tanto en perderlos como en
declararlo públicamente. Se ve que el
señorito de Madrid no era de esta tierra medio celta y visigoda donde estas
cosas no se dicen en voz alta ni siquiera a la interesada.
§ Segunda. Porque este texto ha sido citado muchas veces
como un claro ejemplo de humor. Y a mí,
la verdad, no me lo parece (¿O si?). No
lo sé. Me inclino, más bien, por
considerarlo una simpleza, un recurso simplón y desgarbado, el piropo de un
señorito despegado en un momento inoportuno.
Que, tal vez, los piropos sólo tienen auténtico sentido cuando uno es
albañil y está en lo alto de un andamio.
§ Tercera.
Porque ejemplifica, un poco, el proceder de alguna gente del oficio (entre los
que me incluyo, desde luego) que tienden a poner títulos pomposos a sus charlas
para encontrarse, después, en un aprieto y tener que llenar una hora con
bobadas, más o menos ajustadas.
§ Y
Cuarto. Porque, por las ganas, también yo gritaba ahora mismo:
“¡Socorro! En este mismo momento un hombre
se está ahogando”. Yo mismo, sin rodeos, que después de 35 años subido en
este andamio de engatusar con las palabras, acostumbrado a salir por peteneras,
no encuentro las palabras. No sé qué
decir. De verdad, me estoy ahogando.
Me comprometí con Martín Favelis, verdadero impulsor,
organizador y director de este encuentro de humoristas, para hacer de telonero.
Y, puesto que, al parecer, la gente espera demasiado de los
que nos ganamos la vida con esto de la filosofía (oficio que, según dice
Pereira, lo inventó aquel griego que sorprendió a sus vecinos con aquella
famosa frase, que después mejoró el Guerra: “lo
que es, es; y lo que no es, no es”).
Pues bien, impresionado, sin duda, por tal habilidad, como digo, me
invitó a que hiciera una introducción sobre la visión del humor desde la
filosofía.
Me comprometí, ya digo, sin saber muy bien qué podría decir
sobre el asunto, pero confiando en los recursos del oficio (que de peores
compromisos he salido). Y, puesto que lo
urgente era poner un título a la cosa, opté por éste que aparece (“Qué cosa más seria el humor, ¿no es
cierto?) y que, me parecía, tenía dos ventajas evidentes:
1. Sonaba
dulzón, cercano y sugerente como la letra de un bolero,
2. No
prometía gran cosa y dejaba abierta la gatera para poder escapar, si hiciera
falta.
Pero la cosa ha ido complicándose. Será por la edad o los calores del verano,
pero ahora que ha llegado el momento crucial y estoy aquí colocado frente a
ustedes, me parece que me faltan las palabras.
Y no es que no haya hecho los deberes, que he leído, yo
creo, más que nunca. Y nada. O casi
nada.
He hecho tres intentos y les voy a presentar lo que he
sacado.
Pero, antes de nada, una advertencia: cuando uno asiste a
una conferencia mantiene, hasta el final tres deseos o esperanzas:
En primer lugar, esperas que el conferenciante diga algo
interesante. Cuando te das cuenta, con
hastío, que te has visto envuelto en vanas esperanzas, deseas que, al menos
resulte entretenido y ocurrente. Y si
tampoco esto es posible, que ¡por todos los santos! Sea breve.
Procuraré, lo prometo, porque no todo esté perdido, cumplir
con lo tercero.
PRIMER INTENTO: HUMOR Y FILOSOFÍA.
No, si a lo mejor, la filosofía es una cosa divertida y los
filósofos, cuando están con los amigos, se parten de la risa; pero ¿alguna vez,
algún filósofo ha escrito un libro que provoque, tan sólo, una sonrisa?.
Hombre, la gente engaña mucho; pero esos filosofazos cuyas
imágenes vemos en los libros, no parecen, la verdad, muy propensos a la risa.
Y, sin embargo, es verdad, han intentado hablar de ello:
Aristóteles dedicó el Libro II de la Estética a la cuestión
de la risa (libro, curiosamente, perdido, que, también es casualidad) O
destruido (como hace pensar Umberto Eco en “El
Nombre de la Rosa”, si recuerdan, por suponer, desde la rígida ascética
medieval, que la risa era una debilidad enfermiza, una voluptuosidad
anunciadora y animadora de los más bajos placeres y pecados de la carne).
Otros, como Freud o Bergson han dedicado tratados al chiste
o a la risa.
He intentado leer lo que decían por presentarles aquí alguna
teoría.
Y, lo confieso: he pillado un aburrimiento casi sobrehumano.
Pero, bueno, no ha sido en balde, que de aquí he sacado una
primera conclusión que les presento:
La risa (y el humor) es como el acto sexual: si te pones, en
mitad del ejercicio, a analizar y apuntar lo que sientes, estropeas el
asado. Y si hablas de ello, de memoria,
sin catarlo, por lo menos, se te nota.
Parece que Wittgenstein dijo alguna vez que podría
escribirse un tratado de filosofía a base, exclusivamente, de chistes.
No lo dudo.
Pero, lo que ha ocurrido, con frecuencia, es que los
filósofos han optado por querer explicar un solo chiste (y además, con poca
gracia) en 1259 páginas.
Y han conseguido lo imposible: no explican el chiste, pero
revientan la gracia y al lector.
Y es que, tal vez, sea verdad aquella máxima humorística
(esta sí) que dice:
“La filosofía es el abuso sistemático de una terminología
especialmente inventada para tal fin”.
Y, sin embargo, si lo miras con cuidado, existe un parecido
innegable entre los filósofos y los humoristas: ambos nos piden que miremos al
mundo de reojo, con sospecha, que imaginemos otros mundos (o el mundo de otra
forma), un mundo patas arriba en el que los caballos, los perros o los gatos
hablan con palabras y gestos más juiciosos que los hombres, en el que Chita
eduque a Tarzán, en el que los objetos inanimados tomen, milagrosamente, vida.
Ambos, el filósofo y el humorista te piden que mires el
mundo desde la perspectiva de un marciano, que mires el mundo a tu alrededor
como si acabaras de aterrizar desde otro planeta.
Pero, la diferencia, tal vez, es que, al final, el humorista
termina hablando de su propio mundo, con palabras e imágenes del hombre de la
calle, mientras que el filósofo, tantas veces, sigue hablando como un marciano
en discursos para marcianos.
¡Ah! ¿Qué no me creen?
Pues ahí va esta perla del divino Tomás de Aquino, que si la
miráramos con la sospecha que exige el humorista podría aparecer en la mejor
antología del humor de nuestros días:
“Es imposible que haya en Dios más de tres personas, porque es
imposible que las personas divinas se multipliquen por una división de
sustancia, sino solamente por una relación de procesión, y no por una procesión
cualquiera sino por una procesión que no dé por resultado alguna cosa
externa. En efecto, si esta procesión
diera por resultado alguna cosa externa, no tendría naturaleza divina y, por
consiguiente, no sería una persona o una hypostasis divina. Es así que: en Dios la procesión que no tiene
un término exterior no puede ser tomada más que en el orden de las operaciones
de la inteligencia (de donde procede el Verbo), o de las operaciones de la
voluntad (de donde procede el amor)…”
Si quieren, se lo repito más despacio o les dejo un rato
para pensar despacio en todo ello.
Y en la Academia ¿qué pasa con el humor?
Pues ya lo dice el título del curso. El humor sigue siendo
una asignatura pendiente.
Hasta hace bien poco, quizás hasta ahora mismo, estudiar el
humor parecía poco serio. Se ha
estudiado más la risa. Desde dimensiones
psicológicas o fisiológicas: cómo se
produce, qué la desencadena, qué función fisiológica o psíquica tiene, si
también ríen los animales o si es un mecanismo específicamente humano…
Y también se ha estudiado algo el humor como discurso (desde
la lingüística o la Teoría de la Comunicación).
Pero está la cosa todavía un poco revuelta.
Y, viendo que de aquí no sacaba mucha agua, procedí al
segundo intento.
SEGUNDO INTENTO: LA COSA SOCORRIDA DE LAS DEFINICIONES.
Cuando no se sabe qué decir, siempre resulta socorrido
acudir al diccionario.
Y así me lo propuse.
Pero, antes de empezar, me desanimaron, de antemano, las opiniones de
maestros:
Julio Casares, Académico de la Lengua (que no sé si es mucho
decir, teniendo en cuenta aquella anécdota que dice que don Camilo José Cela,
estando una tarde en una casa de placer,
y entrando en conversación con la elegida, por no ir directo al
pim-pam-pum, dio origen al siguiente comentario:
-
Y tú ¿a qué te dedicas, chato?
-
Soy Académico de la Lengua
-
Anda, quita pa’ allá, cacho guarro).
Pues eso, don Julio Casares nos advierte:
Empezaré por decir que la acepción de “humor” en el sentido que
ahora nos interesa no está recogida ni bien ni mal en el diccionario. Dios me libre de definirla, porque, según
afirman quienes más saben de esto, los ingleses, el sólo hecho de intentarlo
prueba ya carencia del verdadero sentido del humor”.
Hombre, reconocerán que esto, a poca sensibilidad que
tengas, te frena un poco.
Y a esto podría añadirse la opinión de Pio Baroja:
“El humor es como el ave fénix que renace constantemente de sus
cenizas, es un extraño pajarraco mal definido, que tan pronto parece gris como
lleno de plumas brillantes y de colores; a veces se quiere creer que no existe
y que es pariente de las sirenas, de los dragones, de los gnomos y de otros
seres de una fauna irreal y mitológica, a veces tiene una objetividad tan
manifiesta como las jirafas, los dromedarios y los camellos.No es fácil siempre separar el humorismo de las especies
literarias algo afines. El humorista se
confunde muchas veces con el cómico, con el satírico, con el bufón y con el
payaso. Como el camaleón cambia
constantemente de color y estos cambios de color no lo confunden, sino que le
caracterizan
Pues esta segunda opinión ha venido a confirmarme en algo
que había venido observando: el humor, muchas veces, se ha identificado con la
risa y la producción humorística con el chiste y con lo cómico.
Pero ¿esto es todo? El humor se realiza SOLO a través del
chiste? ¿Es SOLAMENTE una manifestación más de lo cómico?. Espero que no. Quiero pensar que el humor no tiene la función
exclusiva de provocar la risa, entendida ésta como una reacción fisiológica
placentera, un cierto espasmo producido por algo que nos provoca un aumento
progresivo en la tensión y una súbita e incontrolable liberación torrencial de
esa tensión, que deja el cuerpo levemente sofocado, pero relajado y con una
innegable sensación de placer.
¡Uy! Ustedes
perdonen. Creo que se me ha ido la
cabeza. Releyendo este párrafo anterior
no sabría asegurar si me refería en él a la risa y al humor o a eso otro que,
finamente, se conoce como el “vicio solitario”, si, hombre, esa especie de
juguete gratuito de aquellas épocas pasadas en las que el sexo se hacía a mano.
Pero, incluso esto viene al caso, pues lo mismo que este
ejercicio manual no es suficiente para explicar la sexualidad, el chiste, lo
cómico no explica totalmente esa cosa escurridiza que llamamos humor.
¿O deberíamos dejar fuera a todos aquellos que no usan el
chiste en sus viñetas, digamos Chumy Chumez, el Roto, Máximo y tantos otros
representantes de un humor reflexivo, dolorido, tierno o inquietante?
¿O que diríamos, por ejemplo, del Quijote? Considerado, muchas veces, como obra cumbre
del humor, pues que parece que fue escrito para hacer reír al “desocupado lector” y a cuantos escucharan su
lectura en las cocinas, en nocturnos filandones usando, como excusa, la crítica
de los libros de caballerías y los estereotipos de tipos populares (que tan
tanto juego en la comedia): hidalgos enjutos, labradores orondos y tripones,
curas, amas, bachilleres, pastores, venteros, criadas y mozas de posada.
Y, sin embargo, no todo es risa. Alguna vez leí en alguna parte (y lo hago
mío, que a mí también me pasa):
La primera vez que leí El Quijote, me reí a mandíbula
batiente. La segunda vez, me hizo quedar
un poco pensativo. Y la tercera, lo
reconozco, me hizo llorar de compasión”
Y es que, tal vez, aquí están presentes todas esas cosas que
parecen mezclarse cuando se habla del humor: que no son lo mismo (o a mí no me
lo parece) las chanzas del ventero, los engaños de sus amigos por devolver al
caballero a la razón, o las burlas crueles de los condes.
Hay episodios cómicos: como la aventura de los batanes;
burlescos, como la vela de armas en la venta; satíricos, como la quema de los
libros; sarcásticos, como la aventura de Clavileño; humorísticos, como Sancho
gobernando Barataria.
No sé si con todo esto se va aclarando algo, pero toda esta
jerigonza me llevó a lo que considero el tercer intento (y, tal vez,
definitivo): poner un poco de orden en todos estos conceptos parecidos y
mezclados.
TERCER INTENTO: LO CÓMICO, LO SATÍRICO, LO SARCÁSTICO, LO
IRÓNICO, LO HUMORÍSTICO.
Si ponemos como criterio básico de consideración “el humor
es aquello que provoca risa” nos veremos metidos hasta las ancas en ese terreno
movedizo y pantanoso donde se mezclan cosas distintas, pero, a veces, tan
entremezcladas que es difícil distinguirlas; pero creo que sólo poniendo un
poco de orden podrá llegar a entenderse la dimensión exacta de estas cosas.
Utilizaré, para ello, esa vieja manía que tenemos los
profesores de hacer grupos de conceptos:
§ Primer
grupo: lo cómico
§ Segundo
grupo: lo burlesco, lo satírico, lo sarcástico
§ Tercer
grupo: lo irónico
§ Cuarto
grupo: lo humorístico
Primer grupo: lo cómico.
Se dice que es cómico todo aquello (personas, cosas, hechos,
dichos…) que, por no se sabe qué
extraños mecanismos es capaz de provocar risa, incluso aunque no fuera esa su intención o el oyente no estuviera
predispuesto para ello.
Es más, podría decirse que siempre nos pilla por sorpresa.
Puede haber (o no) comicidad en un resbalón inoportuno; pero
un resbalón sólo es cómico cuando ocurre en unas circunstancias determinadas.
Ya, pero ¿cuáles son esas circunstancias? Pues no lo sé,
pero se me ocurren unas pocas, como para ir abriendo boca:
1. Las
situaciones son cómicas cuando le ocurren a gente “normal”, en circunstancias
intrascendentes:
-
nos podemos reír de un miope, de un despistado
que se choca con una farola, de un borracho que da un traspiés; pero nadie
presenta a un ciego como espectáculo risible (porque no produce risa, sino
compasión).
-
Un mozo chulito que resbala y se cae en pleno
“baile de apareamiento”, nos produce risa; si el que se cae es un pobre viejo
al que parece que ole ha dado un “tantarantán”,. Nos produce lástima.
-
El orador engolado en el borde de un estanque
poco profundo que, en pleno esparajismo, mostrando sus galas como un pavo real,
da un traspié y cae al agua, nos da risa.
Si se cae desde una terraza al vacío, hombre, no es lo mismo.
2. Las
situaciones también son cómicas cuando ocurren en medio de acciones muy
ritualizadas y rompen lo esperado en ese ritual: Eso explica la risa tonta que nos puede
sobrevenir, irresistible en una boda, en un entierro, en un desfile, en un
examen:
§ Si,
en una boda, al darle la comunión a la novia se le cae y se le mete por el
escote, ni te cuento.
§ Si
al general, con toda la pechera cuajada de medallas, en el desfile de la
victoria, con el esfuerzo de ponerse firme y dar un taconazo marcial al paso de
la bandera, se le escapa una ventosidad inesperada, rotunda y contundente, pues
lo mismo.
§ Si
en plena oposición ves que alguien ha puesto, de forma inadvertida, en la
espalda del presidente del tribunal, que se esfuerza por mantener la dignidad,
el respeto y el silencio, un letrero que diga, por ejemplo, “mi mujer me la
pega hasta soñando”, pues tal vez te sea
difícil mantener el disimulo.
3. También
pueden resultar cómicas, como ya aparece en el punto anterior, aquellas
situaciones que desinflan la dignidad, el intelecto, la chulería o el heroismo
de alguien considerado superior, pero que aparece sometido, como cualquier hijo
de Adán, a la dependencia inesperada de funciones corporales muy elementales:
El barón Lord Carrington, capitán de alabarderos del Glorioso
Ejército de su Graciosa Majestad, ampliamente condecorado por sus heroicas
campañas en Calcuta, al que nadie había visto jamás reír o llorar ni demostrar
cualquier afecto en sociedad, al volver de un safari en Kenia, contaba, como
Tartarín, los lances de la caza, en su Club de Reservistas, a sus antiguos
camaradas:
- Caía ya la noche, estaba descuidado, cuando, justo detrás de mí
rugió fieramente un enorme león:
¡Uuuaghhh!Me cagué-
hombre, no me extraña.-
No, ahora.
Bueno será decir, de todas formas, que lo cómico tiene
siempre un carácter lúdico, festivo, no se ríe de nadie, sino de la
situación. No es malintencionado (en
general) y va encaminado directamente a producir risa. La intensidad de la risa marca la medida y el
éxito del gag cómico..
Sin embargo, incluso en esto que parece simple y espontaneo,
podríamos distinguir entre variaciones distintas de lo cómico: la
anécdota, el chascarrillo y el chiste.
a. La anécdota. La
anécdota (como el chiste o el chascarrillo) no es algo que “se hace” o que se inventa, ni siquiera ”se dice”; sino
que “se cuenta”, se re-produce para otros y sólo entonces tiene pleno
sentido. Tanto para el chiste como para
la anécdota o el chascarrillo nadie reivindica su autoría. Se transmite como parte de un legado
colectivo.
Pero, a diferencia de los otros, la anécdota está anclada en
el espacio y en el tiempo: se trata de sucesos o rasgos reales, atribuidos a
personas concretas. Se suele identificar
su origen y no siempre persigue la comicidad, sino que es, con frecuencia, una
simple curiosidad, más o menos aleccionadora.
Aunque tiene en común con el chiste y con el chascarrillo el
que tampoco se la toma en serio. El
auténtico valor de la anécdota reside en la oprtunidad y el ingenio con que, en
su momento, aconteció lo que en ella se cuenta (más, sin duda, que en la
oportunidad de su narración).
Sirva, como ejemplo, la siguiente, que suelo contar siempre
que viene al caso:
Se reunía en Madrid, en sesión ordinaria, un buen día de Mayo, la
Conferencia de Rectores de las Universidades de España para elaborar un informe
sobre la propuesta de Ley de Reforma de las Universidades presentada a debate
por el Gobierno de la Nación.Tras varias intervenciones, más o menos ajustadas a la cuestión,
el Rector de la Universidad Politécnica de Barcelona propuso que cada Rector
volviera a su Universidad y abriera una especie de encuesta para que pudieran
participar con su opinión todos los miembros de la comunidad universitaria.
Se hizo un momento de silencio, como asintiendo, roto, al fin, por la voz
templada de Don Marceliano, Rector
Magnífico de la Universidad Pontificia de Salamanca y Agustino de la
provincia de Castilla:
- Deberíamos tener cuidado -dijo- con abrir debates nuevos, porque en la fiesta
de mi pueblo, un año, soltamos una vaquilla y volvió preñada.Aquella sentencia, como es lógico, cerró cualquier debate
posterior.
b. El
chascarrillo. El chascarrillo
es, de todas las manifestaciones de lo cómico, lo más próximo al chiste (al
menos, al chiste oral). Así parecen
reconocerlo también los diccionarios:
§
“Cuento breve y gracioso” (J.Casares),
§
“anécdota ligera y picante o frase de sentido
equívoco y gracioso” (Pequeño Espasa)
§
“Cuentecillo o narración que contiene un chiste”
(María Moliner)
Sin embargo, parece claro que al que sabe muchos
chascarrillos y los cuenta muy bien, difícilmente le atribuimos el conocimiento
de muchos chistes o diríamos de él que es muy chistoso (nos limitaríamos a
decir, seguramente, que es “muy gracioso”).
El chascarrillo puede ir desde unos versos, muy próximos al
refrán:
“La Lola tiene un
mandilcon un lagarto bordado.Cuando en el baile se arrimaEl lagarto mueve el rabo”
O una frase ingeniosa:
§
“Las estadísticas son como el biquini: lo que
revelan es sugerente; lo que ocultan, es vital”.§
“No cuentes las penas a los amigos; que los distraiga
su santa madre”.
O hasta pequeños episodios contados como de pasada y como
sin querer:
§
Cuando se cuenta lo de la vieja puta del
barranco, la Palmira, que animaba a los primerizos de aquella manera tierna y
maternal:
“- ¡Dale, dale, cara guapa, dale, que
me estrenas!”
§
O aquello del mozo marroquí, recogido por
Pereira en un relato maravilloso, como tantos, quien, después de una copiosa
comida y en medio del duermevela de la siesta en el frescor de la alcoba,
viéndose bendecido con una envidiable erección, llamó a voces desde el cuarto:
“- Mira Aixa, mira lo que te pierdes
por ser mi hermana”.
El chascarrillo se diferencia del chiste
§ En
que puede carecer del efecto sorpresa (esencial en el chiste)
§ Esmás
apreciado cuantas más veces se oye o se lee, frente al chiste que pierde toda o
gran parte de su gracia cuando se repite.
A veces, sin embargo (puesto que, como vemos, las fronteras
resultan muy escurridizas) se acerca a lo que, más tarde consideraremos como
propio del humor:
§ Como
aquello que dice un condenado a muerte al pelotón de fusilamiento:
“- Podéis quitarme todo, menos el miedo”.
§ O
aquel otro acierto narrativo de García Márquez:
”Llamé allí, a las siete de la mañana y me contestó
alguien que, por la voz, se conocía que era una rubia desnuda”.
c. El chiste. Lo primero que debemos decir es que “contar
un chiste” es un juego especial del lenguaje.
No es lo mismo contar un chiste que dar cuenta de un suceso o contar una
anécdota. Obedece a unas ciertas reglas
y a un “algo” indefinible que hace que el mismo chiste nos parezca gracioso o
no, según quien lo cuente. Se me ocurre
que para que un chiste se produzca:
1. Los
interlocutores deben ser conscientes de que se va a contar un chiste.
2. Debe
existir una especie de consenso o complicidad que nos permita reconocer qué
cosas pueden ser objeto de chiste y qué cosas no.
3. Debe
partirse de unos presupuestos y creencias compartidas, de un mismo telón de
fondo:
§ Si
yo digo:
“Se suben en el tren Ruta de la Plata, en Badajoz, dos únicos viajeros,
que coinciden en el mismo departamento: un extremeño y un vasco…” es porque estoy seguro de que los oyentes
atribuyen unas características al extremeño (abierto, noble, hablador…) y otras
al vasco (reconcentrado, cáustico, cerrado en sí mismo…)
4. Es
imprescindible que se capte la atención desde el principio y que la narración
vaya ganando en climax (sin que se produzca ni la más mínima interrupción):
“ Después de 200 kilómetros sin
mediar palabra, los dos sentados frente a frente, con aquel silencio
espeso. Tracatrá, tracatrá tracatrá…
El extremeño empieza a sentirse
agobiado y, simplemente por romper el silencio y hablar de algo, dice:
- Pues yo soy de Don Benito y usted
¿de dónde dice que es?
5. Si
alguien interrumpe o, simplemente, parece distraerse, se pierde toda la magia. Es mejor dejarlo.
(No saben cómo siento que, también ahora, parezca que estoy
hablando del arrebato sexual).
6. Y
se llega al punto crucial cuando se produce un cierto quiebro inesperado entre
la respuesta que cabría esperar y la que se produce en realidad. Respuesta inesperada, pero no totalmente absurda, sino lógica, coherente
o inofensiva desde un planteamiento paralelo:
“- Pues yo, de Donostia”.
-
Bueno, hombre, ¡tampoco es para ponerse así!.
El chiste se presenta, generalmente, como un juego social,
que divierte a quien lo transmite y pretende divertir a aquel a quien va
destinado.
Es, ante todo, un mensaje lúdico, una actividad:
-
Gratuita, sin finalidades segundas.
-
Libre, sin rigidez en la fórmula o en la manera
de contarlos (aunque se ajuste a una especie de reglas internas).
-
Que procura la evasión, el escape.
-
Cuya eficacia es inmediatamente evaluable por la
intensidad de la risa que provoca.
-
Que debe respetar el principio sagrado de la
“oportunidad” y la “automesura”.
-
Que no es ni se considera amenazante.
-
Que no exige ponerse en guardia, sino “dejarse
llevar”.
-
Que encuentra su filón más importante en
actividades o conductas donde se da una fuerte ritualización: el matrimonio, la
familia, la religión, el ejército, la política, la sexualidad, etc.
Aunque podría distinguirse, como hace Freud, entre el chiste
inocente y el tendencioso:
§ El
chiste inocente se ríe de lo que le rodea, por puro juego, sin propósito de
criticarlo o de cambiarlo, por el gusto de ponerse al otro lado, por un
rato. La transgresión ocasional no
cuestiona lo transgredido. No tiene
moraleja, ni lo pretende.
§ El
chiste tendencioso (aunque parece un poco fuerte, la verdad, llamarlo así. Bastaría con llamarlo “intencionado”) es
aquel que tiene por objeto la crítica o el ataque o menosprecio de situaciones,
personas o grupos.
§ Podría
ir desde los chistes políticos en periodos de opresión o dictadura
§ Como
un recurso saludable para no dejarse ahogar por lo que pasa, una especie de
guerrilla resistente con las armas de la poesía, el chiste y la canción para
encontrarse, en un guiño, con iguales y soportar, así, la feroz embestida del
morlaco.
§ Pasando
por aquellos que intentan debilitar la consideración de otros para sentirnos
superiores. Son aquellos que parecen
reflejar a la gente que los cuenta (inteligentes, machistas, ingeniosos,
racistas, reaccionarios, asquerosos, ingenuos, sádicos o, simplemente, guarros)
y que sirven para reafirmar los prejuicios personales o sociales. Confirman el status quo denigrando a un sector de la población (a los negros, a
los gays, a los gitanos, a los de Lepe, a las mujeres, los funcionarios o las
monjas de clausura) atribuyéndoles un grado sorprendente de estupidez o de
ignorancia, como en un acto de afirmación de la propia superioridad.
(Por eso se siente uno tan mal cuando no entiende
un chiste, como si fuera una prueba evidente de que uno es todavía mas estúpido
que aquellos que el chiste nos presenta).
Pero bueno, y digo yo: Después de
todo esto ¿en qué quedamos? ¿El humor y lo cómico son lo mismo?.
Pues, como diría un gallego, en
parte sí y en parte no.
Podemos decir que el humor puede
utilizar recursos cómicos (chascarrillos, anécdotas o chistes), pero añade algo
más, algo distinto. Como aquel que se
coloca en una nueva perspectiva.
Lo cómico pretende hacer reír. Lo humorístico puede hacer reír, pero no es
esa su pretensión primera, sino compartir una mirada socarrona y tierna a un
mundo excesivamente encorsetado, rígido y aburrido.
Dos maestros del humor gráfico,
Mingote y Forges, improvisadamente y al alimón (o no tan improvisadamente: el
humorista no improvisa, sino que dice, como improvisando, lo que lleva años
pensando).
Bueno, como sea, el caso es que han
descrito esta distinción entre lo cómico y lo humorístico con gracia y con
notable precisión:
Dice uno:
-Uno va por la calle y se cae: eso es lo cómico.
Y
responde el otro:
-…lo humorístico es lo que dice después el tío.
Pongamos un ejemplo:
§ El
maestro habla, engolosinado, con una chica que ha venido de visita. Los niños se percatan de que tiene la
bragueta abierta y se le ve un calzoncillo con dibujos de Mickey Mouse. Puede que estalle la risa.
§ Cuando
se cuenta la escena, haciendo al maestro consciente de esta situación y aparece
el agobio, el bochorno, el intento de recomponer la figura digna del maestro,
puede que la cosa pase de lo simplemente cómico a lo humorístico.
Segundo grupo: lo burlesco, lo satírico, lo sarcástico.
Así como lo cómico parecía estar provocado por ciertas situaciones,
este segundo grupo utiliza como materia prima las personas. En lo burlesco, lo satírico y lo sarcástico
el objeto de risa son los otros.
La distinción entre estos conceptos (burlesco, satírico o
sarcástico) viene dada por una cierta gradación en la agresividad y la
ofensa.
Desde el carácter puramente cómico y lúdico de la burla carnavalesca, fiesta ritualizada
y contenida que pretende imaginar un
mundo al revés por unos días, de romper unas barreras que, sin embargo, se
quieren y respetan o la imitación festiva de voces y de gestos de aquellas personas
a las que, en el fondo, se respeta, se admira o se envidia,
Pasando por la sátira,
que tiene ya más de crítica abierta, moral y doctrinaria.
Hasta llegar al sarcasmo,
mueca cruel, ataque despiadado, forma verbal del odio y mala leche.
Pues bien, aquí sí que veo, con más claridad que con lo
cómico, las diferencias existentes entre estas cosas y el humor.
Desde luego, me niego a reconocer que, en el sarcasmo, por
más que provoque una risa resentida, haya nada que pueda confundirse con el
humor.
También cabe poco humor en la sátira.
Porque, como decía Pio Baroja, existen claras diferencias entre el
satírico y el humorista:
§ Y
es que el satírico juzga el mundo y los hechos teniendo como norma exclusiva la
virtud, y el humorista no tiene una norma tan definida ni tan clara (o, al
menos, no pretende imponerla a los demás).
§ El
punto de vista del satírico es un punto de vista moral, el del humorista es un
punto de vista estrictamente racional, ético y libre.
§ El
satírico tiende a la corrección y al látigo; el humorista a la interpretación y
al bálsamo.
§ El
satírico arroja sobre los hechos la mirada y el juicio frío de la ley, la norma
o la costumbre; el humorista la mirada tierna, cómplice, comprensiva del
sentimiento.
§ El
satírico parece colocarse siempre en contra; el humorista, más que el
enfrentamiento, busca la comprensión y, en todo caso, la autocorrección, por
reducción al absurdo.
§ El
satírico parte de una irritación agresiva, ataca y tiende a hacer reír; el
humorista se deja sorprender por las cosas y tiende a hacer reflexionar (con
una sonrisa, si es posible, pero a reflexionar, de cualquier forma).
§ Al
satírico le gustan las grandes palabras, los grandes gestos, las grandes
razones. De todo haría un discurso, una
homilia. Al humorista le sobra una imagen,
una palabra, un gesto controlado, un trazo esencial, una mirada.
§ El
satírico pretende presentarse como un ser razonable, que cree en la razón (
sobre todo, en la suya). El humorista es
un ser razonable que duda de la razón (incluso de la suya).
§ El
satírico, desde el bando de los buenos, señala a los malos y a los locos. Para el humorista, el mundo tiene por todas
partes algo de jardín, de hospital, de cuartel, de manicomio.
§ El
satírico se ríe de los otros. El
humorista se ríe, sobre todo, de sí mismo.
Resumiendo, tal vez, un poco, todo ello, Wenceslao Fernández
Flórez establecía como nota diferencial entre sátira y humor la falta de
ternura y comprensión indulgente de la sátira.
Dejemos bien sentado que este sentimiento de compasión es,
efectivamente, elemento integrante del humorismo.
Pero no es suficiente con contemplar con piedad a las
personas que pueden dar ocasión a la sátira para entrar en el territorio del
humor. Es necesario que nos sintamos
solidarios con ellas. Sólo cuando el
satírico se detiene a pensar que es de la misma carne de sus víctimas, que está
sujeto a las mismas flaquezas y debilidades, que no sabe si algún día se verá
en situaciones tan desairadas o ridículas como las que censura, sólo entonces
está en condiciones de pasar de la sátira al humor..
Grupo tercero: lo irónico.
No quiero dejar pasar la ocasión sin dedicar unas palabras a
la ironía (aunque parezca exagerado dedicarle a ella sola un grupo). Y esto porque, con frecuencia se la ha
considerado como un condimento esencial del humor (como el chiste, lo cómico o
la risa).
La ironía es, simplemente, una figura retórica, un simple
artificio que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice.
Por ejemplo: decir a una orquesta que ha
interpretado horrorosamente “La Pasión
según San Mateo”
-
Felicidades, nunca nadie me había hecho sentir
tan cerca de los verdaderos sentimientos de Cristo en la pasión.
La ironía puede ir desde una salida cómica, próxima al
chiste, a una broma ingenua o a un sarcasmo absolutamente aniquilador del
interlocutor. Muy propio de la forma de
actuar que, a veces, ocurre en estos viejos pueblos mesetarios cuando alguien
quiere ofender al forastero con medias palabras que sólo entienden plenamente
los del pueblo, mientras que a los extraños les parecen inocentes:
Ejemplo: el nuevo rico que llega a la cantina y se
empeña en invitar a todos los presente para impresionar a los paisanos con su
lograda prosperidad y, para más “inri”, pretende autofestejarse con un brindis:
-Bueno, pues nada, que de hoy
en un año!
Y el paisano que, sin que se le mueva siquiera la
boina, entre dientes, mordiendo con la boca cerrada:
-el tu cabo de año.
De todo lo cual, podemos extraer dos conclusiones:
1. Que
la ironía tanto sirve al humor como a la ofensa.
2. Que
nada le impide al humorista hacer uso del lenguaje irónico, como de cualquier
otra herramienta, consciente de que la calidad o el carácter de la obra no está
sujeta, ni depende, de la herramienta usada, sino de la intención y la maestría
de quien la usa.
Y, por fin, el humor.
Mi vecino es una buena persona; percibe con envidiable
claridad ese lado insólito que todas las cosas (incluso las más cotidianas)
tienen; no se altera innecesariamente y parece (moderadamente) optimista (o
graciosamente pesimista. No es un “agonías”); hace comentarios agudos y
oportunos y sabe intercalar algunos chistes, con gracia, con medida y
prudencia; además sabe encajar bastante deportivamente las bromas que le gastan
y nos sorprende con frecuencia con su forma original de enfrentarse a la vida…
(aunque, por las malas, tiene un pronto que te cagas. Que no estoy describiendo a un San
Pancracio).
Sin embargo, nadie diría de él que es un humorista. Nos limitaríamos a decir que “tiene un gran
sentido del humor”. Para convertirse en
humorista hace falta una producción intencionalmente dedicada a hacer pública
esta visión del mundo.
Humorista es, por tanto, aquel que, utilizando cualquier
herramienta, técnica o medio de comunicación ofrece una manera especial de
enjuiciar, afrontar y comentar las situaciones con cierto distanciamiento
ingenioso, burlón, con un punto de ternura o de comprensión (aunque sea
desencantada) y que busca una cierta complicidad con el oyente que pone, en lo
contado, una parte importante del proceso de interpretación.
Un verdadero
humorista se atreve a mirar cara a cara
aquellas cosas que a los demás les da miedo pensar o decir. Y lo que el humorista ve o dice es una
especie de verdad sobre la gente, sobre su situación, sobre lo que les duele,
les preocupa, les domina o les aterroriza.
El humor nos permite ver el mundo con ojos nuevos, como
quien estrena la mirada, como quien crea el mundo al mirarlo: viene a ser mirar lo familiar como si fuera
extraño, lo ordinario como extraordinario, lo real como subreal, lo necesario
como absolutamente superfluo, las leyes inmutables como puras convenciones
sociales.
El humor nos permite elevarnos de lo particular a lo
general. Lo peculiar de la sátira es ridiculizar las narices de fulanito, la
voz atiplada de Franco. Criticar a
Hitler o a Franco entre dentro del terreno de lo satírico. Cuando Charlot hace una peli de “El gran
dictador” está haciendo una obra maestra de humor.
El humor nos presenta la contingencia y la arbitrariedad de
los grandes ritos sociales. Tiene, por
tanto una clara dimensión crítica, liberadora (más erficaz que cualquier
panfleto por lo directo y poco discursivo).
De ahí la enorme importancia que ha tenido en los movimientos que se han
comprometido en la crítica del orden establecido. Los regímenes fundamentalistas temen mucho
más a los humoristas que a los heterodoxos.
Bien claro lo decía la pintada italiana. “Una risata vi sepelirà” (Una carcajada os
enterrará). Reírse del poder supone
dejar en evidencia su contingencia, es presentarle en paños menores, como en la
historia de “el traje nuevo del Emperador”.
El humor nace ante el descubrimiento, o la sospecha, ya
expresada por Borges de que existen hombres (tal vez demasiados) que tienden a
“tomar en serio las cosas, incluso los congresos o el universo, que bien
puede ser una broma cósmica”.
Pero esta seriedad, sospecha el humorista sólo sirve para
perpetuar el poder y las ventajas, económicas, políticas y sociales de aquellos
que las inventan y perpetúan.
Por eso, como pura alternativa de liberación, parecen
propugnar, sin grandes manifiestos, los humoristas: si de esta broma cósmica no hemos de salir
vivos, y puesto que de algo hay que morir, la propuesta de morirnos de risa,
mientras haya tiempo para ello, es algo más que una frivolidad. Tal vez, el humor y toda la cultura de la
risa sea, en el fondo, una protesta contra en universo, protesta en la que la
risa es una consigna y una contraseña
secreta, algo así como una pancarta desplegada de acera a acera, impugnando el
orden del universo, por injusto, por aburrido, por mediocre, para crear (o, al
menos, soñar) otro distinto.
Decía Forges, un día, que la Biblia se entiende mucho mejor
si se la interpreta en plan de broma. He
hecho el intento y me parece verdad:
Broma que el mundo se hiciera en seis días, de la nada (y la
mujer, al final, cuando ya todo estaba hecho, de una costilla del pariente que
la reclamaba como pura compañía); broma
el que les expulsaran del jardín de las delicias por comerse una manzana; broma que un viejo metiera en un arcón a
todos los bichos de la tierra, por parejas; que aquel arcón flotara por encima
de una inundación universal y que, al fin, todos salieran retozando, como si
nada; broma que a Jonás se lo tragara una ballena; broma que todo un pueblo anduviera
cuarenta años por el desierto en busca de un país en el que las fuentes manaran
leche y miel y comiendo, mientras tanto, palomitas de maíz que caían del cielo
cada noche recién hechas, calentitas; broma que aquella mujer se convirtiera en
estatua de sal, por curiosona.
Lo que me resulta raro es que un libro que encierra tanta
broma haya producido una legión tan enorme de lectores cejijuntos,
entristecidos, sin el más mínimo sentido del humor y dispuestos a partir la
cabeza con la maza al que se ría abiertamente de estas bromas.
De todas formas, no estaría de más decir que el humorista no
es precoz. Su arte no se da, normalmente
ni en los pueblos ni en las personas demasiado jóvenes (el humor, digo, no la
risa, la broma, el chiste o la burla) El verdadero humor es una planta que
florece tardiamente y poco a poco, exigiendo, además de una fase cultural
avanzada, cierto clima político y social.
No ha faltado quien vea una relación de causa a efecto entre
la aparición del género humorístico en un país y el advenimiento de la
burguesía como elemento nuevo y predominante de la mecánica social.
Si se me permite la broma, diría yo que ha sido necesario
pasar de Carlos Marx a Groucho Marx.
Aunque pudiera ser, más bien, que ambos fenómenos, han
coincidido en épocas de relativo bienestar, de cambios de mentalidad, de grupos
de poder, de relaciones de producción y sociales.
Sólo cuando no hablan las pasiones, ni están en riesgo
intereses vitales, ni se ponen en pie los pueblos para defender las grandes
ideologías es cuando prospera la flor perfumada y montaraz del humor que nada
desprecia y nada excluye
Todo, hasta lo más dramático, los profundos temores, los
deseos y las altas jerarquías, las pequeñas obsesiones, la vida, la muerte, los
reyes y los dioses son materia inagotable del humor.
Todo es legítimo y sano
si (y sólo si) la risa que provoca no divierte a expensas del dolor
ajeno.
Los límites no están tanto en el respeto –el humor tiene
bula para faltarle al respeto a casi todo- como en el dolor ajeno. El humor nunca debe prosperar a expensas del
dolor ajeno.
Por lo demás, bienvenido sea el humor en todas sus
posibilidades, el humor negro, el verde, el amarillo y el arco iris.
Ancho es el territorio del humor, tan ancho que parece
imposible ni abarcarlo, ni explicarlo por completo.
Por volver al principio, también en esto se parece al amor:
es siempre mucho mejor hacer el amor que hablar de él. Vengan pues, a partir de mañana los maestros
que aquí yo sólo he sido el telonero.
Y por cumplir el consejo, déjenme que termine con algo de mi
propia cosecha que, si no es cosa de humor, al menos, se le parece:
Heridas del desamor:
Bien
claro lo dice la sabiduría popular: "el tiempo es la mejor medicina para
curar las heridas". Y es cierto. Después de cinco años, aquella herida que
le produjo la ruptura estaba ya total y definitivamente cicatrizada. Sólo
quedaba un pequeño resquemor al recordar los reproches que le dejó escritos en
el papel de despedida que se encontró al llegar a casa en el mueble de la entrada:" Que ahí te quedas, que estoy harta. Harta de hacerte de
criada. Harta de haber gastado mis años de mujer en tan insignificante
compañía. ¡Perdedor!, que eso has sido siempre: un perdedor. Mientras tus
amigos progresaban tú me has tenido condenada a vestirme en mercadillos y en la
ropa de los chinos, a vivir en esta cuadra, a viajar en tu asqueroso R-12 y a
tu absoluta incompetencia en la cama. Ahora que me voy, que lo sepas, que el
único que me ha hecho gozar como Dios manda ha sido Macario, ese inútil (según
tú) al que tantas bromas le gastabas"
Pues
bien, todo aquello ya apenas le importaba. Pero lo que no podía soportar,
después de tanto tiempo, era ver a Macario en el viejo R-12 de su alma, tan ufano.
Y esto es todo. Gracias por su resignada atención.